Lunes 25/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El respeto mutuo entre los creyentes de religiones diferentes

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Algunos musulmanes residentes en Cataluña se concentraron en  La Rambla para expresar su repulsa al terrorismo yihadista y desvincularlo de su religión. Corearon frases como «Soy musulmán, no soy terrorista», «No en mi nombre» o «El islam es paz» con el fin de manifestar públicamente su compromiso con la paz y la convivencia entre personas de diferentes religiones.

Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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Dejando a un lado la cuestión, argumentada muy a menudo desde este foro, de si el contenido de la fe islámica es mucho más proclive a la radicalización violenta que el de las otras religiones; y dejando también a un lado otras cuestiones tan debatidas como si islam realmente significa paz o si el islam es verdaderamente una religión o se ajusta más a un sistema político que incluye una religión; quiero destacar otra cuestión que los musulmanes catalanes quisieron expresar durante su concentración: su compromiso con la convivencia entre PERSONAS de diferentes religiones.

Enfatizo con mayúsculas el término personas, porque esta palabra que El País digital emplea en su crónica de la manifestación no debe pasar desapercibida. Es la clave para que esta convivencia sea real y pacífica. Lo que hay que respetar es a las personas más que a las creencias. Al hombre antes que al creyente. El creyente de una determinada religión puede admirar y encontrar en otra diferente a la suya ideas o sentimientos religiosos con los que identificarse, pero respetar, sólo respeta al que tiene rostro, a aquel cuyo brillo de los ojos conoce y a aquel cuyo nombre pronuncia y le es familiar, independientemente de la religión que profese.

Es evidente que también hay que saber y valorar en qué cree cada uno. En sí mismo el simple hecho de creer no tiene ningún valor si no se reflexiona acerca del contenido de lo que se cree. La Historia de las Religiones es testigo de la existencia de creyentes sinceros y convencidos capaces de sacrificar niños inocentes a ídolos de madera. Fueron creyentes  antes que hombres, nunca dejaron de creer, pero traicionaron su condición de hombres.

Etiquetar y clasificar la humanidad en creyentes pertenecientes a diferentes religiones (judío, cristiano, musulmán…), que comparten un objetivo común (su creencia en Dios), pero que tienen diferencias que superar que en un determinado momento pueden llevarles a enzarzarse, es como dividirla entre madridistas, culés y colchoneros, que también comparten un objetivo común (ganar la Liga), pero a los que, incapaces de respetar al seguidor del equipo contrario, la policía tiene que separar en los estadios con el fin de evitar altercados.

Es priorizar al hincha forofo sobre el hombre reflexivo. Es, en definitiva, deshumanizar por completo la fe y convertirla en un sistema sordo de creencias. Es cosificar la religión y, por ende, a las personas, a las que al transformarlas en cosas ya no se puede escuchar. Podemos escuchar a las personas, pero a las cosas no, porque estas no hablan ni conviven entre sí. Las religiones si no se encarnan en personas concretas, si no se humanan y se humanizan, pierden su sentido y su valor. Las personas concretas, que no las ideas, son las que pueden lograr esa convivencia pacífica y respetuosa, que tan acertadamente reclamaban los musulmanes de La Rambla, y hacerla real. Ojalá (arabismo castellano que significa «Si Dios quiere») que las PERSONAS seamos capaces de lograrlo.

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