Martes 17/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La religión es fuente de paz

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

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El Papa Francisco afirma una vez más en Sri Lanka que “las creencias religiosas no pueden ser manipuladas para apoyar guerras“, a la vez que pedía que todos las religiones “denuncien los actos de violencia cuando se cometan“. Y eso a los pocos días de los bárbaros atentados en París a manos de islamistas fanatizados.

Parece elemental unir religión y paz, con tolerancia y convivencia, aunque es cierto que la historia humana arrastra innumerables episodios de violencia cometidos en nombre de unos supuestos dioses. Sin embargo ahora se hace más necesario recordarlo frente a los fanáticos de una parte, y a los laicistas dogmáticos de otra, que encuentran así una excusa para apartar la religión de la sociedad, de la vida pública y de la educación.

Rechazar a los fanáticos

Los fanáticos crecen al amparo de las religiones como la mala hierba en los jardines, unas veces en el islam, demasiadas, y otras en el hinduismo, y otras en el animismo, sin olvidar los amparados en el cristianismo. Es la sombra alargada de Caín que vaga errante por la tierra desde los comienzos, que quizá podría haberse justificado en el choque de ofrendas con su hermano Abel. No, ninguna religión puede amparar las guerras, la violencia, o la intolerancia.

Hacen bien los ulemas e imanes de las comunidades islámicas acogidas en el Occidente democrático en rechazar los crímenes en nombre de Alá, bendito sea. Parece que inauguramos ahora un tiempo nuevo de sensibilidad mundial frente a la amenaza  del llamado Estado Islámico, de Al-Qaeda, o de cualquier otra organización terrorista como Boko-Haram. A la cabecera de la condena deben estar las comunidades islámicas y trabajar cada día para que las larvas del fanatismo no aniden en el corazón de los niños y jóvenes, cosa que ocurre cuando se presenta al islam como única religión verdadera que debe imperar en la tierra por las buenas o por las mala: conversión o ejecución, como en Afganistán.

Así pues, tienen mucho trabajo por delante sus dirigentes para empezar esa nueva etapa desde las mezquitas, escuelas coránica y familias. A la cabeza de esos dirigentes habría que situar a los príncipes saudíes y de emiratos árabes, a los gobernantes de países islamizados como Malasia, y a los clérigos que dirigen la oración en la mezquitas. Quizá tengan que revisar algunas suras del Corán para mostrar limpiamente su coherencia interna y la incompatibilidad con el alfanje. Y como pide el Papa Francisco se atrevan a denunciar ante las autoridades civiles a quienes trabajan para captar a jóvenes para su guerra santa.

Los cristianos también hemos padecido etapas de fanatismo que surgen cuando el poder político se apropia de la religión, la mezcla con la ideología, y la impone por la fuerza. Todo en abierta contradicción con el Evangelio y el humanismo cristiano pacientemente trabajado desde esas raíces en los pueblos de Occidente y predicado por los misioneros en todos los continentes. El papa Juan Pablo II ya pidió perdón solemnemente en el año 2000 al inaugurar este tercer milenio, por los episodios de violencia en nombre de Dios. Algún gesto semejante podría hacer alguien en nombre del islam.

La paz cristiana

Pero tropezamos con el problema de que no hay una cabeza visible que hable y gobierne en nombre de esa religión. Los católicos seguimos al Papa como vicario de  Jesucristo en esta tierra desde Pedro, el primer constructor de puentes, elegido por el mismo Cristo. Algo que tenemos que agradecer por el inmenso bien que deriva y por la altura espiritual y moral, alcanzada por el Pontificado desde hace siglos. Además en el centro del cristianismo está la caridad como virtud más elevada que dirige la oración y la acción del cristiano con múltiples concreciones en la vida de Jesucristo, en sus gestos de perdón y en sus palaras de misericordia hacia el prójimo, a quien se tiende la mano, se le abre el corazón, y se le da razón de nuestra esperanza.

Capítulo aparte es el de la blasfemia, una aberración por la que algunos hombres se rebajan al nivel de las bestias, porque en el fondo suponen que hay un Dios poderoso que no pueden entender ni manipular. Los católicos padecemos cada día esas ofensas a Jesucristo, a la Eucaristía, a los sacramentos, a la Virgen María y a los santos, no en tierras extrañas sino en nuestras calles, en la televisión y en películas, o también en las revistas satíricas como Charlie Hebdo; las sufrimos con paciencia en actitud de desagravio hacia Dios y rezando por esos pobres miserables, pero no se nos ocurre emplear la violencia para castigar esa falta de respeto a las creencias, y de ninguna manera ningún dirigente religioso invita a ello

No olvidemos que los cristianos son los más perseguidos desde sus orígenes, mucho antes de que naciera el islam y se impusiera por al espada, a lo largo de la historia de Occidente y de Oriente, hasta desembocar hoy en las matanzas habituales en países africanos como Uganda, Egipto o Nigeria, por no hablar de la sangre de los mártires en Corea, Japón o la inmensa China. Por todo ello la Iglesia católica hoy, con el Papa a la cabeza, puede pedir con autoridad que se denuncien los actos de violencia amparados en la religión, como si Dios se despertara cada día con la espada en la mano.

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