Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Una propuesta de testimonio y misión

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El periodista estadounidense John L. Allen ha dicho que “actualmente Benedicto XVI es un gran profesor, pero tiene la clase casi vacía, porque la escuela está en llamas”.

 

Se entiende la imagen, pero no corresponde a la realidad. Es verdad que hay un “fuego” y que han existido otros anteriormente. Pero la Iglesia no está en llamas ni mucho menos vacía. Basta con ver las multitudes que, una vez y otra, escuchan y aplauden al Papa allá por dónde va, como acabamos de ver en Portugal.

Con todo, es verdad que muchos cristianos no han respondido coherentemente a su fe. Por eso, ha dicho el Papa a los obispos portugueses que “se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida”. E insistía: “En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana”.

Les ha dicho que, en su misión evangelizadora, “será útil conocer y comprender los diversos factores sociales y culturales, sopesar las necesidades espirituales y programar eficazmente los recursos pastorales”. Pero lo decisivo es llegar a inculcar “un verdadero afán de santidad, sabiendo que el resultado proviene sobre todo de la unión con Cristo y de la acción de su Espíritu”.

Cuando, según la opinión de muchos, la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, no bastan las “simples disquisiciones o moralismos” y menos aún las “genéricas referencias a los valores cristianos”; tampoco el “mero enunciado del mensaje”, puesto que “no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida”. Es otra la solución: “Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él”.

Aquí el Papa ha citado unas palabras de Juan Pablo II en 1985: "La Iglesia tiene necesidad sobre todo de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad entre los 'fieles de Cristo', porque de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia, todo enriquecimiento de la inteligencia de la fe y del seguimiento cristiano, una reactualización vital y fecunda del cristianismo en el encuentro con las necesidades de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana y de la cultura de las naciones”. Y como en un supuesto diálogo, añadió Benedicto XVI: “Alguno podría decir: la Iglesia tiene necesidad de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad..., pero no los hay”. (El argumento se parece al de la “clase vacía” con que comenzábamos estos párrafos).

Pues bien –continuó–, he aquí que el Espíritu Santo, como en una nueva primavera, está suscitando en la Iglesia muchos y activos movimientos y comunidades eclesiales. Estas comunidades deben saberse y sentirse en comunión con la Iglesia. Y los obispos, con sus colaboradores presbíteros, tienen la responsabilidad de formarles en el auténtico espíritu cristiano.

¿Y en qué se traduce el espíritu cristiano? A esto ha dedicado el Papa su homilía en Oporto. El cristiano ha de dar testimonio de Cristo en todos los ambientes, “sin imponer nada, proponiendo siempre”, dando razón de su esperanza a todos los que la piden, porque en el fondo todos la necesitan; puesto que, como dice la encíclica Caritas in veritate, “sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es”. Hoy el campo de la “misión” ha cambiado: “Nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios”. Se trata de un deber de todo cristiano. “¡Cuánto tiempo perdido –ha lamentado Benedicto XVI–, cuánto trabajo postergado, por inadvertencia en este punto!”.

En síntesis, santidad y testimonio: ejemplo de vida y buena formación para poder dar argumentos sobre la propia fe. Esto pertenece esencialmente a la propuesta cristiana. Ya al aterrizar en Lisboa había adelantado el Papa que su visita quería ser “una propuesta de sabiduría y misión”. Y efectivamente, ha explicado que la sabiduría cristiana abre la razón a la fe y la fe a la responsabilidad por el mundo; mientras que sostiene al cristiano en la lucha contra el pecado, enemigo “interior” al que hay que temer, más que a los ataques de fuera. La propuesta de sabiduría se ha completado –ante la multitud que escuchaba en la Avenida de los Aliados, de Oporto– con una propuesta de testimonio y de misión: “Hace falta que os asociéis a mí como testigos de la resurrección de Jesús. En efecto, si vosotros no sois sus testigos en vuestros ambientes, ¿quién lo hará por vosotros?”

La Iglesia no está en llamas. Pero es necesario que los cristianos nos dejemos “quemar” por el fuego del Espíritu Santo, para ser luz y calor en nuestro mundo.

 

Ramiro PelliteroInstituto Superior de Ciencias ReligiosasUniversidad de Navarra