Martes 19/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Los profesores de religión católica

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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Los datos de la enseñanza de la religión católica en España son muy elocuentes. Según la información ofrecida por el competente departamento de la Conferencia Episcopal, de un total de 5.689.369 alumnos escolarizados, 3.559.076 alumnos reciben enseñanza religiosa católica, lo que supone el 63 %. Dicen que “los porcentajes son muy semejantes a los del curso pasado. Cabría destacar solamente el ascenso en Bachillerato y en la ESO”.

Cuando hablamos de enseñanza de la religión católica, según la Conferencia Episcopal Italiana, nos referimos a “la materia que favorece la reflexión sobre el sentido profundo de la existencia, ayudando a volver a encontrar, más allá de los conocimientos individuales, un sentido unitario y global”.

En la clave de la teología de Benedicto XVI diríamos que la enseñanza de la religión católica no es la enseñanza de una superestructura, sino de una dimensión integrante de la persona, que le permite una apertura significativa al otro y al misterio que preside su relación y que ofrece un sentido a todo encuentro entre los seres humanos. No debemos olvidar que la dimensión religiosa hace al ser humano más humano.

Mucho se habla de los alumnos que reciben enseñanza de la religión, pero también habría que hablar de los profesores. Los mecanismos para su formación y adecuada habilitación para la docencia se han articulado normativamente. Han pasado ya los tiempos en los que ser profesor de religión era una salida, más o menos fácil, para poder dedicarse a la enseñanza. Hubo diócesis, como la de Madrid, que puso desde hace mucho tiempo su empeño en que ser profesor de religión fuera parte del compromiso apostólico. Compromiso que se suponía tenía la base acreditada de la preparación científica, que va más allá de tal o cual certificado de idoneidad.

En no pocos lugares ha desaparecido esa generación primera de sacerdotes que se dedicaban a impartir clase de religión, sobre todo en los niveles superiores de la enseñanza.  

Convendría no olvidar que los primeros responsables de la promoción de la asignatura son sus docentes. Y que, según dijo el Papa Benedicto XVI en 2009, “tienen la misión de ensanchar la racionalidad y volver a abrirla a las grandes cuestiones de la verdad y del bien”.

El papa Ratzinger, por cierto, en ese discurso a los profesores de religión italianos, pronunció unas preciosas palabras que conviene no olvidar: “Gracias a la enseñanza de la religión católica –dijo-, la escuela y la sociedad se enriquecen con verdaderos laboratorios de cultura y humanidad, en los cuales descifrando la aportación significativa del cristianismo, se capacita a la persona para descubrir el bien y para crecer en responsabilidad; para buscar el intercambio, afinando el sentido crítico, y para recurrir a los dones del pasado de manera que se pueda comprender mejor el presente y proyectarse conscientemente hacia el futuro”. 

Es el momento, por tanto, de agradecer a los profesores de religión su trabajo y alentar su compromiso. Y esto se echa en falta. 

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