Jueves 08/12/2016. Actualizado 16:49h

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Tribunas

¿Otra polémica evitable?

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¿En manos de quién está la “comunicación” del Papa?

Una pregunta quizá osada, pero que uno no puede menos de plantearse, ante acontecimientos del tipo de los que hemos tenido que soportar este último fin de semana.

El órgano de prensa vaticana –‘L’Osservatore Romano’- habrá tenido, sin la menor duda, muchísimos otros pasajes del libro-entrevista “Luz del mundo”, mejores y más apropiados que las preguntas marginales –que también, en mi opinión se han podido evitar, porque nada añaden a todo lo ya establecido sobre el tema- para dar publicidad a un libro a punto de presentarse al público, ya traducido en diversos idiomas.

“Es verdaderamente necesaria una humanización de la sexualidad”.

Así termina Benedicto XVI el pasaje “polémico”. Pasaje, por cierto que comienza con estas palabras que muy pocos comentarios han recogido:

“Concentrarse sólo en el preservativo quiere decir banalizar la sexualidad y esta banalización representa precisamente el motivo por el que muchas personas ya no ven en la sexualidad la expresión de su amor, sino sólo una especie de droga, que se suministra por su cuenta. Por este motivo, también la lucha contra la canalización de la sexualidad forma parte del gran esfuerzo para que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda ejercer su efecto positivo en el ser humano en su totalidad”.

“Humanización de la sexualidad”. Esa es la clave de la respuesta del Papa; no el preservativo.

Todo el problema moral del uso del preservativo gira siempre en torno a su empleo en la unión sexual en el matrimonio. En la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio. Porque es en el matrimonio, y sólo en el matrimonio de un hombre y de una mujer –cualquier otra “unión” nada tiene que ver con un matrimonio-, donde la sexualidad puede y debe ser “humanizada”; donde la sexualidad del hombre y de la mujer adquiere su sentido en la unión sexual.

Benedicto XVI es consciente de que la Iglesia tiene que afrontar la gran tarea de conseguir que “la sexualidad sea valorada positivamente y pueda ejercer su efecto positivo en el ser humano en su totalidad”.

En un matrimonio en el que el diálogo sexual del esposo con la esposa, y de la esposa con el esposo, se desarrolla con respeto mutuo, amor, delicadeza, la sexualidad se humaniza, y esta al servicio “del ser humano en su totalidad”.

Obviamente, en la “prostitución”, de hombre o de mujer, que a estos efectos son muy semejantes, no ocurre nada que se le parezca; nada que tenga que ver en absoluto con la “humanización de la sexualidad”.

Por todo esto, la cuestión de la moral del uso del preservativo no tiene relación con la “prostitución”; un mal en sí mismo; y en muchos casos una verdadera “condena” para quien la sufre; y una verdadera manifestación de egoísmo y espíritu vicioso, en quien lo realiza. Y es un mal, un pecado, suficiente grave en sí mismo.

Benedicto XVI, en una consideración paterna, ve en el gesto de una “prostituta”, hombre o mujer, que se sabe enferma del sida, o de cualquier otro mal contagioso –la sífilis ha vuelto a presentarse en Europa, y en proporciones preocupantes- exige el uso del preservativo para no transmitir esas enfermedades, manifiesta, ciertamente, “un primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia sobre el hecho de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere”.

El segundo paso de ese desarrollo de la conciencia, está en conseguir erradicar la “prostitución” y el preservativo, que banaliza la sexualidad; y “prostituye” al hombre, a la mujer.

¿Cuántas mujeres, y cuántos hombres, que viven hoy de la “prostitución” darían gracias a Dios si pudieran verse liberados de esa “esclavitud”?

Sacar del contexto las palabras del Papa, y hablar de que “la Iglesia comienza a revisar su doctrina”, “que abre etc., etc, no es más que seguir “banalizando” la sexualidad –separando el amor del sexo, cosa que ocurre cuando la sexualidad no se vive en el matrimonio-, y querer convertir la sexualidad en una “droga”. ¿Se resuelve así el problema del sida?

Ernesto Juliá Díaz