Sábado 10/12/2016. Actualizado 01:15h

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Tribunas

La película sobre Pablo Domínguez

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He visto la película sobre Pablo Domínguez. No será la primera vez, ni la última. Han sido muchas las imágenes, y las emociones, que se han ido sobreponiendo a las de la televisión; muchas las conversaciones, las confidencias, todo un universo de amistad evocado. Conozco a personas que tienen la costumbre de ir a la Iglesia de la Concepción y, al menos, rezar no ante la tumba de Pablo Domínguez, que está cerrada al público, sino ante el altar que se encuentra a la altura de su sepultura. Pablo era un cura genial; un sacerdote que siempre lo era; de cuerpo entero, como se decía antes. Y era un hombre de pensamiento y volcado en el pensamiento. Un líder, dirían los tecnócratas de lo social. Siempre recordaré que de nuestra despedida posterior a la comida del Congreso Católicos y Vida Pública se fue a dar unos Ejercicios y a hacer un poco de montaña. A los Ejercicios y a la última cima.

Pero ahora no se trata de Pablo Domínguez, sino de la película, que es película reportaje, documental, docudrama, bajo el título “La última cima”. Me parece una idea original, cargada de excesivo emotivismo, por cierto, una de las enfermedades de nuestro tiempo. Pese a que se intenta hablar de los curas, hablando de un cura, al final los curas no aparecen. Hubiera sido una magnífica oportunidad para hacer protagonista del film al sacerdocio, al diocesano, de Madrid o de dónde sea. Tiene la frescura de un director genial, que lo ha demostrado en muchas de sus obras. Pero, en algunos momentos, hay demasiado director, en escena y en plató, en cámara y detrás de la cámara. El ritmo es bueno; los tiempos y espacios, adecuados. Respecto a quienes ofrecen su testimonio, se podría decir que son los que están, pero no están todos los que son. Sorprende que muchas de las personas más cercanas a Pablo Domínguez en los últimos años de su vida no aparezcan. Y me refiero también a la cuota de obispos, o a la gente de la Facultad de Teología San Dámaso.

La película es un magnífico medio de pastoral vocacional. He dudado si va a ser entendida por personas sin fe, por no creyentes, alejados. Quizá sí, y en esta apreciación estoy equivocado. Pero lo que se me ocurría pensar es que no sé si éste es el momento oportuno para esta película, según la forma en la que está hecha. Deseo de corazón que en el momento en el que la Iglesia permita que se inicie el proceso de Beatificación se pueda discernir su oportunidad. Pero lo que no me agradaría es que una exposición pública de esta fama cinematográfica de bondad, que no me atrevo a escribir aún de santidad –sentido canónico-, pueda prejuzgar lo que la Iglesia deba hacer en el futuro, según la nueva normativa canónica al respecto de los procesos de Beatificación y de Canonización y del papel central de la fama de santidad para su apertura.

Sólo me resta encomendarme a Pablo, algo que hago con frecuenta, sobre todo porque él siempre me recordaba que tenía en sus oraciones a mi pequeño Pablo.

José Francisco Serrano Oceja