Jueves 08/12/2016. Actualizado 16:49h

·Publicidad·

Tribunas

La paz en la Embajada

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Los teléfonos no paraban de sonar. A Fray Piccolo se le iba y venía la paz de su espíritu. ¿Dónde estarán los funcionarios de la cosa y de la causa?, se preguntaba. La Embajada de España cerca de la Santa Sede tiembla con lo que estaba pasando en Madrid. Incesantemente el ring, ring, ring, de una llamada sin respuesta, martillea la conciencia de los habitantes de tan singular y plácido hogar. Urgente, dijeron del Gobierno de España, que se ponga el Embajador, su excelencia, su ilustrísima, su eminencia, que no reverendísima. La Vicepresidenta quiere hablar con el señor Embajador, rápido, presto, ya, inmediatamente, insistían desde el otro lado de la línea telefónica, una línea que ni Sitel, ni nada.

A Fray Piccolo todo esto le suena a chamusquina. Fray Piccolo es confesor de sueños de embajadores nada fáciles, de insomnios, de confidencias, a medio camino entre una absolución de un pecado de aborto y de otro dudas de fe en la jerarquía eclesiástica. A Fray Piccolo no le gustaba que la paz de la Embajada fuera sometida al rigor de los malos gestos, de las altisonantes palabras. Nunca, desde hacía meses, se había trabajado tanto en la Embajada. Primero, con los huéspedes del partido, que bajo la tarjeta de presentación de la asesoría áulica de la Vicepresidenta para el culto y el clero, mejor ante el culto clero, se habían pasado unos días de caminata en caminata por los pasillos del Estado más grande, en lo espiritual, del mundo, entregando bendiciones y promesas, tendiendo puentes sobre marejadas y maremotos, presentando una cara amable de lo que pudo haber sido y no fue, que no es ni cara, ni amable. Poesía, ¿eres tú?

Después vino el maremoto de la clarificación de la conciencia de los católicos políticos, o de los políticos católicos, ante el aborto. Frío, gélido invierno, las cañerías del vetusto edificio se congelaron; se cristalizó el agua. Nuestro embajador, hombre de principios y de partido, que en su día se ausentó del hemiciclo para no votar la ley del aborto, ha vuelto caer en la misma piedra. Quien esté libre de pecado, que tire esa piedra. Por más que se desgañitaba con la pretensión de rebajar a intensidad de feroz laicismo de esa propuesta de ley, ahora se encuentra con que la jefa manda, y dice que hay que ir a dar paseos por las calles y plazas de san Pedro, cabe los muros vaticanos, a pedir perdón y clemencia, perdón y piedad, a protestar, a clamar justicia, que no venganza. Perdón para los pobres pecadores públicos; piedad para un gobierno que, según dicen, no se merece el trato de no se sabe quien, ni de no se sabe cuando, ni de no se sabe por qué. Fray Piccolo escucha y calla. A lo sumo, susurra, entre voces, que la información ahora no está en España; esta cerca del Vaticano, en su casa. Sic transit…

José Francisco Serrano Oceja