Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Un paseo familiar

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Frío y movimiento; tiempo y espacio, cristianismo en la historia. Al cardenal Rouco se le ocurrió pasear el realismo cristiano por la madrileña Plaza de Lima, como si organizara una mañana de fiesta con la familia y muchos más. Los cardenales europeos no salían de su asombro. España es diferente; estaban descubriendo que en la liturgia de la eucaristía, cum Petro y bajo la imagen, la palabra y un sonido super-mega-fónico, un poco saturado por la retransmisión, de la voz de Pedro, cabe todo lo humano, porque está presente lo divino. Para asombro de más de uno, aquí somos capaces de hacer que los Reyes Magos se anuncien con el canto del “Resucitó” de Kilo Arguello, por eso de la Pascua, que no estamos en la Pascua de Resurrección, que estamos en la primera Pascua, la de la Encarnación, que bien merece su Semana Santa, su día santo.

La celebración de la Sagrada Familia fue, eso, una celebración de lo esencial, sin más estridencias que la intemperie, en un momento en que el testimonio cristiano vive en la intemperie del clima gélido de laicismo, que ése sí que frío. Me decía un viejo periodista que debemos dar las gracias a Zapatero, y a mí se me ocurrió contestar que qué más quisiera él que hacerle protagonista de nuestra valentía, de nuestra osadía, de la santa audacia de pasar la mañana de domingo, de un domingo cualquiera, después del café con porras y churros, paseando por la Castellana, detrás de la catedral española del fútbol, templo de la sociología, de la masa, escuchando el Evangelio y recibiendo a Cristo, presente en la eucarística. El Bernabeu no perdía ojo. Los números de la fiesta fueron los de siempre, los de la aritmética y la geometría del corazón; lo demás es estadística y sociología, teatro, puro teatro.

La Plaza de Lima tenía un aire de portal de Belén, con millones de pastores que se animaban al calor de la familia, que es el calor de lo humano, con sonoridad y lágrimas, jóvenes, mayores, niños, muchos niños, como todo lo cristiano en la historia. No existe presencia cristiana en la historia sin niños, de ahí que las misas en las que se expulsa a los niños, y a los padres de los niños, han dejado de ser, si cabe, cristianas. También me decían que demasiado color púrpura en el estrado, y no precisamente púrpura del Cairo. Demasiado protagonismo de los cardenales, obispos, acólitos, ministros ordinarios y extraordinarios del altar en los momentos previos, quizá por la tonalidad de la amplia moqueta del estrado, que lo llenaba todo, centro de impacto visual. Era la fiesta de la familia y no del ministerio episcopal; quizá se echó en falta una mayor elocuencia del testimonio de vida de las familias, de alegrías y de esperanzas, de sufrimientos, incomprensiones, rupturas y encuentros; de espontánea alegría infantil y de fresca intemperancia juvenil.

No lo sé, lo que dijeron obispos y cardenales sonaba bien, espontáneo, acorde y concorde, por eso de que somos una sola voz, aquí y en Liborno. Los españoles hemos sido siempre buenos anfitriones, hemos cedido la voz y la palabra a quienes nos han querido acompañar para hacernos, aunque ya lo éramos por decisiones y vocación, universales, católicos y europeos.

Por más que los medios de incomunicación se empeñen en decir que cuando los cristianos salimos a escena lo hacemos con la extravagancia a cuestas, lo que ocurrió en la Plaza de Lima –por cierto, sin políticos al uso y en desuso- es una demostración más del matrimonio entre la naturaleza y la gracia, del realismo cristiano, de los colores y calores de las familias, de la explosión de vida, de verdad y de belleza que representa lo humano. Algo tan natural, tan ordinario como el día a día, como el matrimonio mismo, como la familia misma, como el cristianismo mismo. Un domingo, paseando con el realismo cristiano, fue un buen y feliz domingo.

José Francisco Serrano Oceja