Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Los obispos y la manifestación

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Créanme: localizar a un obispo en la manifestación del pasado sábado fue como buscar una aguja en un pajar. Pues hubo quien les anduvo buscando. No ocurrió así con los líderes del PP que, aunque separados, desperdigados, dispersos –y esto no va con segundas- se dejaron ver por entre las pancartas.

 

En la manifestación de lo humano y de lo ordinario de la vida –eso fue, y no mucho más-, todavía encontré a algún periodista, de esos que piensan que la realidad no debe estropearles un buen titular, o una buena foto, a la caza y captura fotográfica de la mitra. No se acababan de creer lo que los siempre oficiosos portavoces de la cosa habían dejado caer: que los obispos no irían a la manifestación para no restar protagonismo a las familias. Y así fue. A partir de ahí se cancelaron algunas misas, que iban a presidir distinguidos prelados y que servirían el pistoletazo de salida hacia esa fiesta de la condición humana, lo vivido el pasado sábado.

Más de un medio de comunicación, y alguna que otra estrategia política-periodística, había preparado el argumentario de las portadas del día siguiente. En función del número, y del rango, de los obispos asistentes, elevarían el tono de las líneas de prensa, en orden al siempre público ejercicio de deslegitimación de lo que iba a ocurrir, de la Iglesia, del PP, y demás fantasmas familiares de la izquierda. El tiempo ha dado la razón a quienes sostenían que la presencia de los obispos desenfocaría lo que allí estaba pasando y lo que allí se estaba reivindicando, en una palabra, el sentido del acto.

Como no es una cuestión dogmática, se me permitirá un ejercicio de razón periodística para el caso. Nadie, en su sano juicio, podría dudar de la opinión episcopal inequívoca a favor de la manifestación. Hubo quienes escribieron cartas dominicales, que hicieron leer en las parroquias. Hubo quienes animaron a asistir desde homilías y declaraciones a las radios. Debían activarse todos los medios legítimos para reivindicar la cultura de la vida y oponerse al proyecto de ley. No se podía decir que los obispos abandonan a sus fieles; o que lanzaron la piedra y escondieron la mano –por cierto, como ha hecho algún articulista de los de siempre-. Los católicos españoles no necesitan ir de la mano de los obispos en lo que es especifico del ejercicio consecuente de su vocación de bautizados. Necesitan su discernimiento moral, su oración, su palabra y su aliento.

Los obispos, que lo son de todos, como lo que allí se reivindicaba, la vida, que es de todos y pertenece a todos, son custodios de lo esencial. ¿Qué es lo esencial respecto a su misión hoy en España? Tengamos en cuenta que hay una nueva generación de obispos que no vivió la transición y que tiene otra experiencia de la dimensión pública de su ministerio.

Es cierto que hace años, y algunos medios nos lo recuerdan con insistencia, hubo obispos en la manifestación a favor del matrimonio y que también los hubo en la que reivindicaba la libertad de educación. ¿Por qué no ahora cuando se trata de un bien previo, anterior, la vida? Hubo quienes sostenían que aquella presencia, numerosa, se debía a la novedad radical, para la historia de la humanidad, de esa legislación contra el matrimonio y la familia. Puede ser. Pero también lo es el asentamiento del aborto como derecho en nuestra legislación con este proyecto de ley. Quizá todo, y todas las manifestaciones, pertenezcan a un mismo orden y respondan a un mismo principio, poliédrico, pero único en origen. La pretensión del Gobierno de implantar un sistema de valores contrario al de la propuesta cristiana.

La conclusión es clara: el pueblo cristiano y los hombres de buena voluntad se sienten alentados por la Iglesia, único dique eficaz ante la artificial atmósfera inhumana que respiramos.

 

José Francisco Serrano Oceja