Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El obispo y el fin de ETA

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Quizá ya nadie lo recuerde. No lo han hecho quienes, durante estos días pasado, han rememorado la historia de ETA. Es un síntoma más de esa amnesia que padece la intelectualidad española a la hora de tener presente la contribución de la Iglesia a la historia de España, a la democracia en España, a la lucha contra el terrorismo en España. Al menos, ya nadie dice aquello de que ETA nunca ha atentado contra la Iglesia ni contra los eclesiásticos, y que los obispos en la Conferencia Episcopal, cuando se abordaba este tema, se callaban ante las intervenciones de sus hermanos del País Vasco.

Mucho ha llovido en la Iglesia desde que ETA nació. Mucho ha caído desde que ocurriera lo que un día, en una cena con periodistas, dijo el que fuera arzobispo castrense, Monseñor José Manuel Estepa, refiriéndose a una reunión de la Conferencia Episcopal, en la que, -contaba el que fue arzobispo castrense-, le tuvo que decir a un prelado vasco: Sí, es verdad, nosotros no entendemos lo que pasa en el País Vasco, pero no olvidéis quién pone las víctimas.

Hablar de las condenas de la Iglesia a ETA es hablar de paz y palabra. Hubo un antes y un después con el documento: “Valoración moral del terrorismo, de sus causas y de sus consecuencias”; para la Iglesia, para la conciencia cristiana, para la Conferencia Episcopal, para la Iglesia en el País Vaco.

Ya nadie lo recuerda. Nadie habla de lo que ocurrió el día 5 de octubre de 1976 durante la homilía del predecesor de monseñor Setién en la diócesis de San Sebastián, monseñor Jacinto Argaya, en el funeral del presidente de la diputación de Guipúzcoa, don Juan María Araluce. El obispo ofreció su vida como víctima expiatoria para que acabara el terrorismo. Dijo: “Me considero, soy y me siento, padre de toda la diócesis. La conozco perfectamente. La quiero de todo corazón. No he logrado la paz en la familia. (…) En Aranzazu dije y ahora lo repito, consciente de la responsabilidad de mis palabras: si es necesario “que alguno muera por el Pueblo”, yo, Señor, ofrezco mi vida por Guipúzcoa, yo ofrezco mi muerte, sea la que sea, la que mandéis: natural o violenta; en el lecho o en la calle. Yo me ofrezco, con toda generosidad y verdad, como víctima de expiación. Acepta, Señor, por favor mi ofrecimiento. Pero que mi muerte ¡sea la última!”.

 

José Francisco Serrano Oceja