Viernes 02/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El obispo y la consejera

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Sigo en San Sebastián, que la cuestión vasca da para mucho. A monseñor José Ignacio Munilla le ha pasado con la homilía en el Santuario de Loyola, con motivo de la solemnidad ignaciana, lo que al del chiste. Entró uno en una taberna y dijo, buenos días. Uno que estaba en la barra, le contestó, deja de insultarme o nos vemos en la calle. Algo parecido a lo que le pasa muchas veces a la Iglesia en esta sociedad mediática. Por decir buenos días, se le echan encima los matones.

Los periódicos del País Vasco calificaron la citada homilía de religiosa. Uno tiende a pensar que las homilías deben ser religiosas, a no ser que otras homilías, en ese momento, fueran otra cosa, creemos que además de religiosas. O acaso lo religioso se contrapone para la jerga periodística a lo político, y lo político se convierte en algo más común que lo religioso. Volvamos a la cuestión. A la misa de san Ignacio asistió, dado que el Lehendakari está en el extranjero –y no me refiero a Santiago de Compostela- la Consejera de Educación del Gobierno Vasco, Isabel Celaá. Y a Monseñor Munilla, en un texto cuidadosamente preparado, se le ocurrió referirse a la educación, para decir que "la clave del éxito del modelo educativo ignaciano está en la integración del “rigor académico” y la “esperanza cristiana”. En medio del fracaso educativo que padecemos en nuestros días, es necesario recordar que la “educación” necesita de la “esperanza”, como la natación precisa del agua”.

Pues hete aquí que según los medios, los mediadores y no pocos de los que estaban esperando a monseñor Munilla a la vuelta de la esquina, el obispo arremetió contra la política educativa del Gobierno vasco y la Consejera le respondió al instante algo sobre la matrícula de alumnos a la asignatura de religión católica, en el País Vasco, que ciertamente no es para tirar cohetes. Hasta tal punto ha continuado la serie que el obispo y la Consejera han hablado por teléfono y han quedado para verse en próximas fechas, porque según dice la Consejera, “es importante que un obispo que habla a la ciudadanía en general tenga muy claros los resultados de la educación”.

Lo que es importante para un obispo, y monseñor Munilla lo tiene muy claro, es la contribución del Evangelio a la educación de un pueblo, mucho más que la de la política sobre la que se sostienen los experimentos educativos de no pocas comunidades.

En síntesis, una vez más, una magnífica homilía, en la que se leen afirmaciones como que “entonces como ahora, y ahora como entonces, la incomprensión y la persecución no van contra aquéllos que han asumido el pensamiento único, en un pacto con lo políticamente correcto, sino contra aquéllos que actúan coherentemente con su fe católica”, ha quedado reducida a una interesada polémica.

José Francisco Serrano Oceja