Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

En la muerte de un hombre del deporte

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No puedo escribir hoy de otro tema. A lo largo de la Semana Santa me ha venido continuamente a la cabeza y al corazón el rostro sereno del cadáver de Fernando, mi hermano pequeño, con sólo 57 años. No acabamos de creérnoslo. Ha sido demasiado rápido.

Nos cuesta comprender la muerte, aunque seamos hombres de fe. Más aún cuando Dios llama a personas tan jóvenes y con hijos aún pequeños. Es demasiado misterio para la pequeñez humana. Lo pensaba el Viernes Santo, mientras se cantaba la Pasión del Señor según san Juan. Tampoco fue fácil para Jesucristo, y eso que era Hombre perfecto: en la Cruz tuvo palabras inefables sobre el abandono de su Padre.

Y recordé la ilusión de Juan Pablo II ante el jubileo del año 2000, dirigido a la contemplación de Cristo, tema central ahora de la predicación de Benedicto XVI. En aquella inesperada Carta Novo millenio ineunte, que firmó en la Basílica de san Pedro cuando se cerraba la puerta santa, escribió: “La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración”.

A la agonía de Cristo dedicó Tomás Moro un libro memorable redactado en la torre de Londres antes de su martirio. Y Juan Pablo II afirmaba: “Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: ‘¡Abbá, Padre!’ Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del ‘rostro’ del pecado. ‘Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él’ (2 Co 5,21)”.

Se trata de un misterio insondable, que escapa a la capacidad humana de conocimiento. El abandono del Padre al Hijo opera la increíble justicia de que todos podamos ser hijos de Dios por el bautismo. En realidad, en ese grito de dolor ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? , Jesús emplea las palabras iniciales del Salmo 22, que continúa con palabras consoladoras: “En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste... ¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro!”

Insistía Juan Pablo II en Novo millenio ineunte: “El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos”.

Pero tampoco lo entendieron los Apóstoles. San Lucas refleja bien su desconcierto y desánimo, especialmente en la escena de Emaús. Pero la resurrección es la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como señala la Carta a los Hebreos. Sólo así se pueden entender las palabras de san Pablo a los de Filipo: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia”. San Agustín se extasiaba ante la muerte de Jesús en la Cruz, que da vida a los muertos.

Con la llegada a la meta no termina la carrera. Comienza una etapa nueva, en la que brilla también el espíritu deportivo, que Fernando tuvo desde muy joven. Recuerdo que el día de su bautizo en 1952 coincidió con la final de Copa entre el Madrid y el Valencia… Y en la UVI del 12 de octubre batalló como un campeón: el atleta está siempre recomenzando con humilde espíritu de superación ante las dificultades, porque aprende también de las derrotas, nunca definitivas. Aunque el triunfo del corredor al que alude san Pablo sea muy distinto al que pensamos tantas veces nosotros.

Salvador Bernal