Sábado 10/12/2016. Actualizado 01:15h

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Tribunas

¿Es moral la huelga?

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(Pido disculpas a los lectores por la desmedida extensión de este texto que, como verán, es, entre otras razones, pertinente)

La convocatoria de la huelga general del próximo 29 de septiembre, y en no menor medida las leyes de la presión mediática, están creando una expectativa sobre la necesidad de un discernimiento moral público a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Como todos los fenómenos del presente, el análisis de los elementos que conforman la licitud moral de la participación son complejos; en el caso que nos ocupa la pregunta por la moralidad de la huelga debe atenerse a las normas clásicas, -objeto, fin y circunstancias-; por tanto, debe tener en cuenta los fines de esta huelga, la situación concreta y los medios que se proponen. Es necesario un proceso de distinción, tanto de los principios generales del magisterio de la Iglesia como de su aplicación al texto y al contexto de la prevista huelga general.

Hay que separar, con claridad, lo que en este caso responde la orden de las afirmaciones atemporales de lo contingente de la situación, la circunstancia, la intencionalidad, y, también, los efectos que se pretenden conseguir con la huelga. No deben estar ausentes de un análisis moral las consecuencias económicas, políticas y sociales, y la responsabilidad y coherencia sindical. No es fácil hacer una separación entre la dimensión sociolaboral y sociopolítica de la huelga, máxime en convocatorias como la del próximo 29 de septiembre, calificadas como de huelga general. Lo que parece claro es que la polifonía de declaraciones de las más variadas realidades eclesiales, delegaciones, consejos, teólogos, no parece que esté contribuyendo a la conformación de un argumentario clarificador que permita una adecuada decisión sobre la naturaleza del juicio moral sobre la huelga.

Antes de adentrarnos en los textos del magisterio, debiéramos recordar que la participación ante los errores económicos y sociales debe hacerse desde la relación de tres elementos: la justicia, el compromiso y la acción política.

El primer texto de referencia es, sin duda, la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, que en su número 68 señala que “en caso de conflictos económico-sociales, hay que esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense, con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio”.

Pablo VI, en la Octogesima Adveniens, reconociendo el derecho a la huelga, alude a dos peligros, y establece los límites en relación con la función de los sindicatos: “Su acción no está, con todo, exenta de dificultades; puede sobrevenir, aquí o allá, la tentación de aprovechar una posición de fuerza para imponer, sobre todo por la huelga ―cuyo derecho como medio último de defensa queda ciertamente reconocido―, condiciones demasiado gravosas para el conjunto de la economía o del cuerpo social, o para tratar de obtener reivindicaciones de orden directamente político. Cuando se trata en particular de los servicios públicos, necesarios a la vida diaria de toda una comunidad, se deberá saber medir los límites, más allá de los cuales los perjuicios causados son absolutamente reprobables” (OA 1).

Es la Encíclica de Juan Pablo Laborem Exercems, la que amplía los criterios en orden al discernimiento, al establecer una serie de principios que debemos tener muy en cuenta en el momento presente. Califica la huelga de “ultimátum dirigido a los órganos pertinentes y a los empresarios” (LE 20), al tiempo que asegura que “éste es un método reconocido por la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites”. Los principios que asienta son: los trabajadores deben tener asegurado el derecho a la huelga; no han de sufrir sanciones penales por participar en ella; hay que reconocer que la huelga es un medio extremo; no se puede abusar de este derecho, principalmente en función de “juegos políticos”; si afecta a servicios esenciales para la convivencia civil, estos han de asegurarse, en todo caso, con las medidas legales apropiadas; el abuso de la huelga puede llegar a la paralización de la vida socioeconómica. Esto es contrario a las exigencias del bien común de la sociedad y del trabajo mismo (Cfr. LE 20).

No debemos olvidar que el Catecismo de la Iglesia Católica señala, en el punto 2435, que “la huelga es moralmente legítima cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado. Resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones del trabajo o contrarios al bien común”.

Por último, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia añade, a lo ya expuesto, una definición de huelga: “El rechazo colectivo y concertado, por parte de los trabajadores, a seguir desarrollando sus actividades, con el fin de obtener, por medio de la presión así realizada sobre los patrones, sobre el Estado y sobre la opinión pública, mejoras en sus condiciones de trabajo y en su situación social”(304), al tiempo que recuerda los casos en los que es moralmente inaceptable tal y como los señala el Catecismo de la Iglesia Católica.

A tenor de lo expuesto, si tenemos en cuenta el texto autorizado de la convocatoria de la Huelga general por los sindicatos UGT y CCOO, así como las reiteradas declaraciones de sus líderes, en las que se expresan sus fines e intenciones y las circunstancias socio-políticas y económicas, y nos preguntamos si la huelga general persigue una causa justa, responde a la inevitable ausencia de otros medios y se da la proporción entre los bienes a conseguir y los daños que se acusan o los bienes que se han perdido y que se reivindican, la respuesta, sin duda, es evidente.

Como ha declarado públicamente la Compañía de las Obras -inspirada en la experiencia de Luigi Giussani- , en un comunicado, “esta huelga general, tal y como está planteada, no fomenta una dinámica de construcción. Existen razones para estar preocupados y enfadados, pero hay otro modo de afrontar las circunstancias difíciles que atravesamos. Nos interesa encontrarnos con todos aquellos que están interesados en vivir la crisis con esta perspectiva”.

José Francisco Serrano Oceja