Lunes 05/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La mirada de Julián

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Una llamada telefónica. El manifiesto de una nueva editorial pegado con celofán en las paredes de una parroquia. Un sacerdote inquieto, que tiene un grupo de amigos, curas jóvenes todos ellos, compañeros de Seminario, que no se conforman con la rutina, ni con la moda, ni con la apariencia de un cristianismo moral. El patio de una chavola en Vallecas, de menos treinta ocho y metros cuadrados, en una calle que no existía para el Ayuntamiento. La España de los años setenta, en la que se atisba la esperanza de una nueva sociedad, de una nueva política, de una nueva cultura y de una nueva Iglesia. Y, sobre todo, un Sí al susurro atractivo de Cristo. Ese sí no fue un sí, fueron muchos síes… Y así, entre retazos de cotidianidad cargada de deseos insatisfechos y de ilusiones fundadas, comenzó la historia de Comunión y Liberación en España. Sus protagonistas, entre otros: Luigi Giussani, Julián Carrón, José Miguel Oriol y Carmina, Jesús Carrascosa y su mujer, monseñor Javier Martínez, Javier Prades y todos los amigos, curas o no, de Nueva Tierra y otros, periodistas, ingenieros, madres de familia, jóvenes inquietos…

El Palacio de Congresos de la Castellana se quedó pequeño el sábado. Fue la celebración de una fiesta de familia, el veinticinco aniversario del paso, del éxodo histórico de Nueva Tierra a Comunión y Liberación. ¿Qué era Nueva Tierra? La experiencia de un grupo de jóvenes sacerdotes, con destacados maestros espirituales e intelectuales, que dijeron basta a la Iglesia acomodada de contemporaneidades. Un grupo de párrocos de Madrid que iniciaron juntos un camino sin saber muy bien a dónde les conduciría, pero con las coordenadas espirituales, eclesiales y culturales muy claras. Los campamentos, los cursos de verano, las salidas de fin de semana, las oraciones, eso, todo eso, y la dirección espiritual, eran Nueva Tierra.

Pero un día se cruzó en su camino la experiencia que otros jóvenes, hijos del mayo de 68 y de la izquierda cristiana más pura y dura, habían vivido en Milán, junto a un naciente y floreciente nuevo movimiento llamado Comunión y Liberación. La encarnación de Dios también es cruce reexperiencias. El día en que estas dos historias se miraron de frente, cara a cara, no sin ciertas humanas incomprensiones iniciales, brotó, de la raíz de la amistad con Cristo y de la amistad entre las personas, una aventura que hoy fecunda singularmente a la Iglesia y a la sociedad española.

En el Palacio de Congresos de Madrid, Julián Carrón, el padre, el hermano mayor, el amigo del alma, miraba fijamente a los ojos a quienes le iban a escuchar. Les miraba como si conociera de siempre su corazón y su alma. Les miraba como quien sabe que entre ellos no existe la distancia. Les miraba como Cristo miró a sus discípulos, y les habló como el Señor lo hizo, tantos días, tantas noches, a los suyos. El fruto de la gracia de Dios en la historia es siempre fecundidad de presencia. Aquella inocente llamada telefónica que un día hiciera, Julián, joven e inquieto sacerdote, a una editorial que acababa de nacer, hizo posible un encuentro que hoy es propuesta de felicidad cristiana.

José Francisco Serrano Oceja