Miércoles 20/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Ha llegado la hora

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No está demás recordar, en estos momentos, lo que San Gregorio Magno escribiera al obispo de Alejandría: "Mi honor es el de la Iglesia universal. Mi honor es la situación segura y vigorosa de mis hermanos. Sólo me siento honrado cuando a todos y a cada uno se les da el honor debido".

Ya no tenemos entre nosotros a don Cipriano Calderón, monseñor vaticano donde los haya. Recuerdo que, al menos, en el último cónclave, pude comprobar lo que se decía. Era verdad. La tarde de la elección de Benedicto XVI, aquella memorable tarde, me encontré, minutos después de la fumata blanca, antes del anuncio, con don Cipriano por la Plaza de san Pedro con un libro, bajo el brazo, del cardenal Ratzinger. Lo mismo había ocurrido en las dos anteriores elecciones, y siempre acertaba con sus lecturas.

Ha llegado la hora y hay demasiados círculos cerrados en la elección del Papa, un juego de geografías mucho más que humanas, en las que lo previsible se conjuga con lo imprevisible, en la que los factores psico-sociológicos-mediáticos danzan sobre ese sustrato de lo plenitud de la historia que es la gracia.

Prefiero acompañarme, en estos momentos previos, de los Padres de la Iglesia, de los santos, de los teólogos reputados, que no de mis colegas periodistas y vaticanistas, a quienes ya hemos hecho mucho caso.

Estamos empeñados en cerrar el círculo, pero como el centro de la Iglesia es Cristo, y el Espíritu Santo, voluntad no-condicionada, dediquemos algo de los momentos previos a la oración y a la catequesis sobre la Iglesia. Y a romper el círculo, tan humano y tan social y culturalmente de lo previsible.

No vaya a ser que pensemos que esta elección del Papa es la del reformador de la Curia, como si la Curia fuera el principal problema de la Iglesia, o de la humanidad. Quizá si pensáramos que el principal problema de la humanidad es la ausencia de Dios, de Cristo, la inexistencia de una cultura que alienta la dignidad de la persona, y de que el nuevo Papa está ahí, la perspectiva cambia. La reforma de la Curia, tanto en cuanto tiene que ver con lo anterior. No nos olvidemos estos días, por cierto, de los nuevos movimientos y realidades de Iglesia.

No sé si al final el cardenal Scola tendrá los apoyos de los italianos reacios a su pasado, y con los votos de los norteamericanos, algunos asiáticos, y no pocos europeos, nos dará una sorpresa rápida. O será un candidato de pantalla que permita aflorar a un italiano de las nuevas generaciones, Piacenza, Betori, Filoni o Bagnasco, por ejemplo, o a un clásico no italiano como Schönbron o, en su defecto, Ouellet.

Por cierto, propongo un ejercicio para preparar el Cónclave durante estos primeros días de semana. Ir a la biblioteca de cada uno y hacer recuento de los libros que ha leído de los cardenales del cónclave y comprobar qué editorial ha editado a quién, en qué épocas, y sobre qué materias.

Seguimos dando vueltas al círculo. Quizá el cardenal Re ha conseguido con su habitual entusiasmo, apoyado por el Decano del Colegio, diseñar una operación en la que, según cuentan los vaticanistas, que parecen ser los únicos que hablan con los cardenales italianos, el cardenal Scherer sea la punta de lanza, con un secretario de Estado de la Curia. No es fácil imaginar a un hombre de Curia haciendo la reforma de la Curia, y devolviendo favores...

No deja de sorprender que el acontecimiento mundial católico más importante de los últimos años de Benedicto XVI, se haya convertido en un no-tema. Me tranquiliza pensar que el cardenal Herranz, español, uno de los cardenales que más saben, y que más trabajan y callan, no se haya olvidado de lo que ocurrió en Madrid hace algunos veranos.

Quizá lo que ocurra es que se salgan los cardenales de esos círculos de candidatos mediáticos y nos den la sorpresa con un cardenal Turkson, o con Wuerl, o con O'Malley, o Ranjith, por escribir algunos nombres. Demasiados círculos.

Hay alguien, en la residencia vaticana de Santa Marta, que ya ha recordado este párrafo inicial de "La Regla Pastoral", de San Gregorio Magno: "Me reprendes, hermano queridísimo, con amorosa y muy humilde intención, porque, escondiéndome, quise huir de las cargas y pesadumbres del pontificado. Y por que no les parezca a algunos livianas, quiero mostrar con este libro todo lo que entiendo que hay de trabajo en ellas"... Así sea.

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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