Lunes 05/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La libertad y la conciencia

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La reciente beatificación de Newman ha vuelto a reavivar la preocupación, o al menos, el interés por estas cuestiones tan relacionadas con la situación del hombre de la Europa occidental de nuestros días.

Libertad y conciencia. Lástima, que en no pocas ocasiones tanto la palabra libertad como la palabra conciencia se entienden de forma distorsionada. La libertad como el poder de hacer lo que a cada uno le de la gana; la conciencia, como un obstáculo para que la libertad desarrolle todas las capacidades del hombre, y del actuar del hombre.

Sobre Newman volveré en otras ocasiones. Ahora, quiero concentrar mi atención en el conflicto entre libertad y conciencia que se ha presentado hace pocos días ante el Consejo de Europa.

Christine McCafferty, británica, diputada socialista, presentó el recurso para conseguir que la “objeción de conciencia” fuera abolida; y que nadie pudiera alegarla a la hora de verse obligada a llevar a cabo estas prácticas de muerte tan contrarias a las prácticas de vida que, con tanto sacrificio y sin reconocimiento alguno, llevan a cabo lo médicos en todo el mundo.

El recurso fue abolido, y nunca mejor dicho, “gracias a Dios”. Pero, ¿podemos dar este asunto por concluido? Ciertamente, no.

Detrás de la petición de McCafferty se esconden tres principios que conviene descubrir para no llamarnos a engaño:

1.-que la “ley estatal” puede, no solo, coartar la libertad, cosa aceptable por todos: no se puede, por ejemplo, conducir en carretera en dirección contraria a la señala; sino que, puede además, imponer a una persona actuar en contra de su conciencia, y para hacer el mal.

2.- que la “ley estatal” establece lo que es “bueno” y lo que es “malo”, sin ninguna otra razón, que la fuerza de sus palabras.

3.- que el hombre puede prescindir perfectamente de su conciencia, para hacer cualquier cosa que le venga en gana. Esto supone, lógicamente, que el hombre puede prescindir de su conciencia, porque puede coartar su libertad.

Los tres “principios” son simples enunciados falsos.

El primero: la “ley estatal” puede coartar la libertad de los ciudadanos en caso de peligro social. No puede, sin embargo, imponer a nadie el asesinato de una persona, de otro ser humano. Y aun cuando se usa el eufemismo de “interrupción del embarazo”, se está diciendo que se interrumpe el desarrollo de una vida en crecimiento, interrumpir el desarrollo de una vida es matar. Matar con premeditación, es asesinar. Y eso es el aborto, y la eutanasia.

El segundo: lo “bueno” y lo “malo” son anteriores a cualquier “ley estatal”. La “ley estatal” nunca determina lo que es “bueno” o “malo”. Se limita a decir lo que conviene hacer hoy y ahora para el “bien” de los ciudadanos, y evitar el “mal”. Si estable algo que es un “mal”, deja de ser “ley”, y se convierte en “abuso de poder”. Es el caso del aborto.

El tercero: los agentes de la SS alemana dejaron libremente su conciencia en manos de Hitler; los guardias de los campos de concentración comunistas, en cualquier parte del mundo, dejaron libremente su conciencia en manos de los comisarios políticos obedientes a Stalin, y a quienes le siguieron. Los asesinos a sueldo dejan su conciencia delante de la “paga” que reciben. Los “políticos”, etc, corruptos, dejan su conciencia ante el “sobre” que se les ofrece.

¿Quería McCafferty, y los demás diputados, socialistas y otros, que la apoyaron, que los médicos de los hospitales de Europa se convirtieran en agentes de la SS; guardias de campos de concentración; asesinos a sueldo; “políticos” corruptos? Sin juzgar sus intenciones –que, por otro lado, son obvias-, quizá podríamos contestar: posiblemente.

¿Por qué? Esas cuatro categorías de seres humanos son seres humanos “manipulables”. Y seres humanos “manipulables es lo que anhelan algunas “ideologías” actuales para asentar sobre ellos, sobre toda la sociedad, su abuso de poder “legal”.

Ernesto Juliá