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Tribunas

La lección de Benedicto XVI en Ratisbona diez años después

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Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Aunque me rondaba por la cabeza, debo la decisión de escribir este comentario al que publicó hace unos días en Italia Massimo Introvigne. En realidad, hablo de diez años en el sentido canónico del término, pues el discurso de Benedicto XVI en el aula magna de la Universidad de Ratisbona se pronunció el 12 de septiembre de 2006. Pero tiene máxima actualidad ante la urgencia de un auténtico diálogo interreligioso por parte de intelectuales y representantes intelectuales del orbe musulmán.

Las palabras del pontífice suscitaron en su momento una reacción insólita que, en gran medida, confirmaba su tesis. Porque no se trataba de una lección sobre el islam, sino de un discurso sobre las relaciones entre razón y fe, esenciales para superar la crisis cultural de Europa y Occidente. Incidentalmente, habló de esa violencia ciega, derivada de una falta de equilibrio intelectual. El eje de la doctrina papal, repetida antes y después en diversas ocasiones, es que la fe sin la razón produce el fundamentalismo, así como la razón sin la fe genera la dictadura del relativismo.

El fundamentalismo es una grave perversión de la fe. Es un "fanatismo pernicioso de lo religioso", "una falsificación de la religión", como reiteró el 7 de enero de 2013, en su última reunión con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, con mención especial en aquel momento de sucesos recientes de Nigeria, Siria y Egipto. Este fundamentalismo es un riesgo que corren también otras religiones, cuando separan la fe de la razón, pero aparece también en el pensamiento secular, cuando niega la fe en nombre de la razón, y deriva en fundamentalismo laicista.

El problema es dilucidar si la débil fundamentación racional de la fe musulmana tiene raíces en la propia tradición coránica y no es una desviación más reciente, ligada a la reacción de viejos países a la humillación de años coloniales y a la insuficiencia posterior de un auténtico desarrollo cultural y económico.

En cualquier caso, desde el Concilio Vaticano II, queda clara la necesidad del diálogo interreligioso, como recoge oportunamente el Catecismo de la Iglesia Católica, 841, a propósito de las relaciones de la Iglesia con los musulmanes, con referencia a dos textos conciliares, Lumen Gentium 16 y Nostra aetate 3: “El designio de salvación comprende también a los que reconocen al Creador. Entre ellos están, ante todo, los musulmanes, que profesan tener la fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los hombres al fin del mundo”.

Benedicto XVI tuvo muy presentes esos principios al elaborar la Exhortación Apostólica post-sinodal "Ecclesia en Oriente Medio", a partir de las 44 proposiciones finales del Sínodo especial para esa región, celebrado en Roma del 10 al 26 octubre de 2010. La hizo pública en el Líbano en 2012. Recordaba los lazos históricos y espirituales que los cristianos tienen con judíos y musulmanes, y reiteraba que el diálogo interreligioso no nace de consideraciones pragmáticas de orden político o social, sino que se basa principalmente en los fundamentos teológicos de la fe: judíos, cristianos y musulmanes creen en un solo Dios, por lo que pueden reconocer "en el otro creyente", un hermano al que amar y respetar, evitando instrumentalizar la religión en conflictos "injustificables para un verdadero creyente."

En cuanto a los musulmanes, el Papa manifestaba expresamente su "estima"; pero lamentaba que las diferencias doctrinales hubieran servido de pretexto para justificar, en el nombre de la religión, prácticas de intolerancia, discriminación, marginación y persecución. Se acaba aplicando el fundamentalismo para hacerse con el poder político, no sin violencia contra la libertad de la religión y de las conciencias. Por esto, el Papa urgía a los líderes religiosos de la región a empeñarse, con su ejemplo y su enseñanza, en erradicar esa amenaza mortal que afecta por igual a los creyentes de todas las religiones.

Tal vez, en las actuales circunstancias, el diálogo resulte imposible, como afirmó en su día tajantemente Oriana Fallaci, pero para los cristianos, desde el Vaticano II, se impone comoobligatorio. Benedicto XVI lo subrayó con especial fuerza, pero sin dejar de mencionar el daño histórico para los musulmanes derivado de su fideísmo, de la separación de fe y razón que conduce inevitablemente a la violencia.

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