Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

No estamos en invierno

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Avanza implacable el verano; el otoño se acerca. Pero hay quienes viven en invierno, en un invierno permanente. Lo bueno siempre se difunde por sí mismo; si traemos a colación un testimonio de insuficiencia eclesial es para que sirva de aliento a la bueno, lo verdadero y lo bello. En este año sacerdotal que aún continúa, la sensibilidad del pueblo cristiano debe ser singularmente delicada hacia la vida, el ministerio y el pensamiento de los sacerdotes.

Por eso es particularmente doloroso todo lo que no contribuya a la eterna primavera de la Iglesia. Ni la Iglesia, ni el mundo, viven en Invierno. El apólogo del invierno fue el pensador que más está influyendo en nuestros días en el orden de la vida práctica, de las actitudes, F. Nietzsche. Escribió en uno de sus poemas: “El mundo: puerta abierta a mil desiertos/, muda y fría./ Quién perdió lo que perdiste en ningún lugar se detiene./ Ahora estás pálido,/ condenado a un viaje de invierno,/ al humo semejante,/ que sin cesar tiende a cielos más fríos”.

Ha aparecido un libro, escrito por el sacerdote cántabro-cubano, párroco de varios templos, Jesús Garmilla, titulado “Vivir en invierno”, en la siempre singular PPC de nuestro tiempo, que no tiene nada que ver con la de sus padres fundadores. Este sacerdote pertenece al grupo de los triste y trágicamente asesinados en Cuba, Eduardo de la Fuente y Mariano Arroyo, junto con el también cántabro Isidro Hoyos, que trabajó durante gran parte de su sacerdocio como cura sindicalista y que ahora permanece en Cuba.

En este libro, que está haciendo furor entre ciertos sectores de la Iglesia y del que nadie ha hecho un público discernimiento, el lector se encuentra con uno de los cantos a un cristianismo desesperanzado, síntoma de una forma de concebir el ministerio sacerdotal, la Iglesia y, a Cristo, alejado de la primavera que trajo Juan Pablo II y que continúa en permanente fertilidad con Benedicto XVI. Son los estertores de una generación que monseñor Fernando Sebastián definió como la generación perdida a la que hay que acompañar y ayudar para que salga del frío del invierno.

 

José Francisco Serrano Oceja