Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El inolvidable padre Gilbey

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Hijo de una jerezana con bodega y de un inglés con etiquetas de ginebra y porto, Alfred Gilbey estuvo predispuesto a la felicidad desde su infancia. Es, quizá, el sacerdote católico más conocido de Inglaterra, aunque sólo sea por su costumbre de rezar una oración por Oscar Wilde cada vez que su tren pasaba por la cárcel de Reading. Activo por Knightsbridge y el Pall Mall, en su club –The Traveller’s- le gustó escuchar una vez a dos viejos miembros que la institución se había llenado de católicos que estaban “hablando y riendo todo el día”. Gilbey lo tomó como un cumplido. Allí, en The Traveller’s, donde atendía espiritualmente a una servidumbre con predominio de españoles e italianos, logró mantener más o menos en secreto una capilla privada. Tenía ese olor típico de los lugares muy rezados antes de que la arquitectura eclesiástica tomara como modelo las salas de despiece.

En el oratorio de Brompton se compran aún los dos únicos libros de un hombre más recordado por los genios de la oralidad, la buena conversación, la hospitalidad y la cortesía. Se trata de un pequeño catecismo y de un ‘commonplace book’ o libro de citas. De su leyenda queda la figura elegante y limpia –él siempre vio las implicaciones morales de la higiene- de un prelado de Su Santidad con una inclinación a la vestidura talar antigua cuando no a llevar la ‘cappa magna’. Fue aficionado al burdeos y al oporto, siempre con moderación, aunque consciente –como buen católico- de que la rigidez es un principio que se aviene mal con la debilidad humana. Seguramente hay también algo ejemplar en que un hombre de tanta fortuna familiar quisiera vivir en los márgenes de cierta modestia pese a tener una tendencia a la pompa. Cuando el notable predicador Knox vio su complejo ritual al preparar el equipaje, Gilbey sólo pudo excusarse diciendo que la suya era una de esas mentalidades que hacían posible el paso de la Última Cena a la Misa Pontificia. Él celebró siempre en latín, según el rito tridentino, sin apegos tradicionalistas. En Inglaterra –tiende a olvidarse- la condición de sacerdote católico es de la mayor complejidad: obviamente fiel a la monarquía, no dejaba de añadir un avemaría de rigor en su rosario de las siete de la tarde por la conversión del país. En cierta ocasión, al ver un cartel con la indicación –‘escalier de sauveté’-, le sonó precisamente a letanía del rosario. Era hombre de humor e ingenio.

En su día, fue estimado por el diarista James Lees-Milne, el historiador de la arquitectura David Watkin o el gran filósofo conservador Roger Scruton, que le dedica páginas de generosidad en sus memorias. Milne sólo se fijó en su tarjetero de plata. Según Scruton, los apegos de Gilbey por el ritual o por el pasado –cuadros jacobitas, jabón Pears, monedas anteriores al sistema decimal- definen el conservadurismo como basado en el amor: el amor a cuanto le ha hecho bien a uno, el perdón a cuanto no nos ha hecho bien, lejos de las ideologías basadas, en última instancia, en el resentimiento o la ira. Scruton no fue uno de los conversos de Gilbey, quien buscó repetir la figura sacerdotal de R. H. Benson y fue acusado de excesos proselitistas, como si fuera él quien convirtiera o como si no hubieran sido las ovejas las que acudían con placidez a su rebaño, atraídas por su encanto personal. “Para quienes lo conocieron, era un hombre santo, que luchó siempre por unir la corrección mundana del caballero, el ardor sacrificial de los santos y la invulnerabilidad contemplativa de los monjes en un solo ideal”. Con su cuenco de agua caliente para el cuchillo de la mantequilla, Gilbey mostró –según Scruton- un pasadizo del snobismo a la santidad. En realidad, mostraba que en el catolicismo cabe casi de todo por oposición a una moda del día que siempre devora a sus hijos.

En Cambridge pasó como uno de esos ‘dons’ legendarios, sin perder su aire de cura throllopiano ni –por supuesto- su afición por la caza y los perros. En Brompton, sucedió al conocido padre Lopes, no menos excéntrico si consideramos que dilapidó dos fortunas. Cambridge ganó siempre la primacía de sus afectos por mirar a Londres menos que Oxford, en espléndida lejanía. En Cambridge, en Fisher House –por San Juan Fisher-, durante más de treinta años dio hospitalidad, conversación, doctrina y oporto de su familia a generaciones y generaciones de estudiantes que vieron en él a un amigo, desde luego, pero viendo antes al sacerdote. Eran esos ‘young fogeys’ que debían no poco a la estética de Brideshead. En cuanto al catolicismo de Gilbey, se quiso y logró ser genuinamente inglés cuando la principal crítica al catolicismo radicaba en su carácter foráneo. Uno casi echa de menos esas tertulias cultas en las que no participó, con su ardor por la verdad, sus inquietudes genuinas del espíritu: buscar consejeros en la juventud, tener maestros, una cultura de civilidad y conversación. Allá en su cielo, la conversión de anglicanos ‘en masse’ a la Iglesia Católica le habrá alegrado a Gilbey, sabedor de que la columnata de San Pedro no es sino un abrazo para acoger al mundo.

Ignacio Peyró