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Tribunas

La hecatombe mundial del aborto

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Hago un alto en mis reflexiones europeas, porque estoy sobrecogido por un reportaje de Avvenire del pasado día 11 (puede consultarse en internet en este link). Tras la noticia de la ligera caída del número de abortos voluntarios en Italia, el diario ofrece datos de todo el mundo, que para mí resultaban inimaginables.

Me han venido inmediatamente a la cabeza dos cosas: un artículo de 1986 del inolvidable Miguel Delibes, muy actual, y tantos ensayos recientes sobre la crisis de identidad de la socialdemocracia. El aborto es quizá uno de los fenómenos que reflejan con más claridad el predominio del individualismo sobre la solidaridad; asombra que siga siendo objetivo de la izquierda, aun celado en la pretensión falaz de evitar la cárcel para mujeres indefensas.

El gran argumento de Miguel Delibes a favor de la vida indefensa del feto humano enlazaba con el progresismo clásico, valedor siempre de las causas de los más débiles y desprotegidos. Por eso, terminaba su artículo: “para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado”.

En el diario milanés, Lorenzo Schoepflin engarza su reportaje con datos tomados de dos fuentes principales: la Organización mundial de la salud y el Guttmacher Institute, vinculado a la propia OMS. Presenta la documentación en un doble plano: datos absolutos y estimación de la llamada tasa de “abortividad”, proporción entre el número de abortos provocados por cada cien nacimientos. En el planeta, estaría en torno al 30%, es decir, casi uno de cada cuatro embarazos es interrumpido violentamente.

Los datos son especialmente duros en Rusia y en los antiguos países del Este. Según la OMS, la tasa de abortos en Rusia fue en 2006 del 95%, cifra importante, aunque muy inferior al 150% del cambio de milenio. Estadísticas más recientes sitúan la proporción en 67%. Pero son más de dos millones de abortos al año, en un país con población decreciente.

El conjunto de Europa oriental alcanzó en 2003 una cota del 103%, aunque también en descenso respecto de los años 90, con los niveles del 300% en Rumania, más de 200 en la Federación Rusa, y en torno al 150 en Bielorrusia y Ucrania. La tendencia es la disminución, pero las últimas cifras oficiales siguen siendo muy elevadas: 45% en Hungría y Bulgaria, 55 en Rumania, 32 en Eslovaquia.

El resto de Europa oscila entre el 35% de Suecia y el 18 de Finlandia. Lógicamente, España destaca por el incremento desproporcionado en los últimos veinte años, hasta llegar al 23%, uno o dos puntos menos que Francia o el Reino Unido. Dentro de las razones clásicas, el llamado diagnóstico prenatal contribuye cada vez más al aumento de la interrupción de embarazos. Y pronto puede extenderse una novedad introducida en Suecia, que marcaría el ápice de la eugenesia aparentemente natural: la autorización de abortos porque el hijo no es del sexo esperado, aunque no tenga problemas de salud.

Como es natural, el sistema del hijo único ha llevado a China al colapso. La tasa abortiva ha bajado del 69 al 41%, pero es alarmante el desequilibrio entre varones y mujeres, hasta el punto de que hay más tolerancia y se abren paso posibilidades de reforma. Mejor está Japón, con el 28%, a pesar del terrible proceso de envejecimiento de su población. El Guttmacher Institute calcula una abortividad del 34% en Asia, con picos del 51% en la zona oriental.

En América, Estados Unidos y Canadá están en el 31%, cifra interior a las de países de América central. En zonas del Caribe llegan al 42 y, para el conjunto del Sur, se estima en 38.

Un posible cambio de tendencia puede producirse en África, pues avanza poco a poco un proceso de reformas legales que caminan de la estricta prohibición –aún vigente en Angola, Egipto o Somalia hacia el permisivismo típico de Sudáfrica. La tasa global se estima en el 17%, pero llegaría al 24 en la zona meridional del continente.

Tenía razón Julián Marías cuando consideraba que la aceptación social del aborto era, sin excepción, lo más grave que había acontecido en el siglo XX. Sobran palabras ante la hecatombe provocada por la cultura de la muerte, que no es precisamente una “opción de progreso”.

Salvador Bernal