Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La fe enriquece la inteligencia

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Benedicto XVI ha dedicado muchísimas de sus catequesis en las audiencias generales de los miércoles en Roma a grandes figuras de la vida de la Iglesia, comenzando por los Padres. Parece como si deseara enfrentar a los creyentes de hoy con esos faros milenarios de los que pueden sacar luces válidas para un momento crepuscular de la cultura y de la práctica cristiana.

En la segunda mitad del siglo XX el catolicismo dio un avance espectacular en España en materia teológica, por el número y calidad de centros académicos, profesores, publicaciones, revistas, editoriales. Pero el tono cultural medio sigue reflejando el ancestral fideísmo, que se observa en tantos comentarios periodísticos frívolos de supuestos agnósticos o ateos que no pueden disimular su ignorancia. Por eso, aparecen en la prensa española frases que sonrojan a lectores de medios internacionales. Comprendo el juicio sumario de Jorge Salinas en Facebook a propósitos de los “que pretenden desacreditar la figura del anciano, bondadoso y clarividente Benedicto XVI”: “nunca se refieren a su pensamiento porque no son capaces de rebatirlo, sino que se dedican a sembrar confusión a base de titulares que suenan escandalosos”. Basta recordar la trivialidad inicial tras la famosa lección de Ratisbona que, luego, ha contribuido a un progresivo acercamiento intelectual con teólogos serios del Islam.

Me vino esto a la vez al leer el resumen de la audiencia en la plaza de San Pedro, en la que el Papa prosiguió su catequesis sobre San Buenaventura de Bagnoregio, confrontándolo esta vez con su contemporáneo, Santo Tomás de Aquino: “Ambos -afirmó Benedicto XVI- escrutaron los misterios de la Revelación, valorizando los recursos de la razón humana, ese fecundo diálogo entre fe y razón que caracteriza al Medioevo cristiano, época de gran vivacidad intelectual, además de fe y renovación eclesial".

Esas dos figuras señeras de la historia del pensamiento católico pertenecieron a órdenes mendicantes, que cumplieron la providencial misión de revitalizar la fe y la vida cristiana en el siglo XIII. Tomás era dominico y Buenaventura franciscano: dos carismas con aspectos muy diversos, pero con el común denominador de contribuir a la renovación de la Iglesia.

Ambos fueron también grandes teólogos, que se plantearon también los problemas metodológicos, concretamente, el carácter propio de la teología, como ciencia práctica o teórica, especulativa. El Papa resume la conclusión de Santo Tomás: “es teórica porque quiere conocer a Dios cada vez más y es práctica porque trata de orientar nuestra vida hacia el bien. Pero hay un primado del conocimiento: sobre todo debemos conocer a Dios para actuar después como Dios establece. Esta primacía del conocimiento frente a la praxis es significativa para la orientación fundamental de Santo Tomás".

Pero San Buenaventura tuvo la intuición de ampliar esa alternativa entre la primacía del conocimiento y el primado de la praxis “añadiendo una tercera actitud que llama sapiencial y afirmando que la sapiencia abraza ambos aspectos", porque "busca la contemplación, como la forma más elevada de conocimiento y su intención es sobre todo la de convertirnos al bien. (...) Para San Buenaventura es esencial el primado del amor".

La conexión metafísica de los trascendentales –verum, bonum y la grandeza del destino humano explica esa aparente diversidad entre lumbres señeras. Al cabo, muestra la magnitud también intelectual de la fe católica, imposible de ceñir a estereotipos.

Cuando en la búsqueda de Cristo, llegan momentos de ceguera intelectual, se abre la luz del amor. Precisa Benedicto XVI que eso “no es anti-intelectual ni anti-racional: presupone el camino de la razón, pero lo trasciende en el amor de Cristo crucificado". San Buenaventura abre así "una gran corriente mística que (...) representa una cima en la historia del espíritu humano".

En cualquier caso, frente a los tópicos, la Edad Media cristiana sigue aportando ejemplos de un diálogo entre fe y razón cada vez más necesario hoy en Europa y, sobre todo, en España.

Salvador Bernal