Lunes 05/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La fe cristiana no es una "religión del libro"

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La trepidante densidad del pontificado de Benedicto XVI se esconde en formas apacibles distintas a las de Juan Pablo II. Quizá esto explica el menor eco mediático que pueden tener hechos o documentos de máxima importancia. Así me lo parece, en concreto, respecto de la 'Exhortación Apostólica Verbum Domini', de publicación reciente. Recoge muchas de las sugerencias formuladas en octubre de 2008 durante el Sínodo de Obispos celebrado en Roma sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El Papa lo firmó en un día simbólico: el 30 de septiembre, memoria litúrgica de san Jerónimo.

Al comienzo del documento, en el n. 7, Benedicto XVI recuerda el carácter analógico de la “Palabra de Dios”: “Jesucristo, nacido de María Virgen, es realmente el Verbo de Dios que se hizo consustancial a nosotros. Así pues, la expresión ‘Palabra de Dios’ se refiere aquí a la persona de Jesucristo, Hijo eterno del Padre, hecho hombre”. Se trata de una referencia al prólogo del evangelio de san Juan, bien conocido de la gente mayor, pues esa gran síntesis de la fe católica se leyó durante años al final de la misa.

Pero, por otra parte, la creación –como recordaba el Pontífice en la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona , el liber naturae “forma parte esencialmente de esta sinfonía a varias voces en que se expresa el único Verbo”. Los creyentes pueden rastrear en ese libro las huellas divinas que el Creador plasma en lo creado.

Pero, además, la fe cristiana confiesa que “Dios ha comunicado su Palabra en la historia de la salvación, ha dejado oír su voz; con la potencia de su Espíritu, ‘habló por los profetas’”. Como es bien sabido, según el arranque de la epístola a los Hebreos, esa intervención de la providencia llega a su plenitud en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

En cierto modo, como añade el documento, se completa con la predicación de los apóstoles, que obedecen el mandato de Jesús resucitado: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). Los primeros cristianos difundirán por el mundo la Palabra de Dios. Por tanto, subraya el Papa, “se transmite en la Tradición viva de la Iglesia. La Sagrada Escritura, el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la Palabra de Dios atestiguada y divinamente inspirada. Todo esto nos ayuda a entender por qué en la Iglesia se venera tanto la Sagrada Escritura, aunque la fe cristiana no es una ‘religión del Libro’: el cristianismo es la ‘religión de la Palabra de Dios’, no de ‘una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo’”.

La Exhortación de Benedicto XVI es casi una renovada introducción al estudio teológico de la Sagrada Escritura. Incluye muchas sugerencias doctrinales y prácticas que afectan a las grandes cuestiones de siempre y de la vida actual, incluida la formación intelectual de los católicos y los planteamientos de la nueva evangelización. Lógicamente, se detiene en las relaciones entre fe y razón a propósito de hermenéutica y exégesis, para superar dualismos o fundamentalismos. Pero incide en la vida diaria, también de las familias cristianas. Y contiene sugerencias como ésta, sobre la lectio divina, en su n. 87:

“Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? (…) Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? (…) Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? (…) la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento (…) Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad. Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que une en el gran designio de Dios acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos”. No hace falta añadir nada a este pasaje, muy eficaz en este momento de la vida de la Iglesia.

Salvador Bernal