Jueves 17/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La fe de Adolfo Suárez

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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El cardenal Cañizares, al enterarse de la noticia del fallecimiento de Adolfo Suárez, habrá elevado a Dios una plegaria por su alma y se habrá recogido en el recuerdo de las conversaciones que ambos mantuvieron antes de que Suárez entrara en el silencio de su conciencia. Adolfo Suárez, que tanto apoyó la creación de la Universidad Católica de Ávila. 

Juan Cruz, en el diario “El País” lo ha contado estos días. Y como tal, lo transcribo: “Hubo otro momento especial en estas postrimerías de la vida nublada del expresidente, cuyo relato debo a su hijo Adolfo, ejemplar en el tratamiento al padre y ejemplar en el trato que mereció esta tragedia familiar. En un momento determinado, Suárez Illana, católico como todos los Suárez Illana, creyó que el padre debía recibir a un sacerdote, para despedirse en paz de esta tierra cuando llegara este momento. Fue entonces cuando Adolfo hijo invitó a cenar a la casa a Antonio Cañizares, arzobispo que después empezaría a ascender en la Iglesia.

Este fue el diálogo que me contó Adolfo entre el cura y el expresidente:

-¿Quieres que te administre el perdón?

Suárez le respondió al sacerdote:

-Yo siempre estoy dispuesto a dar y pedir el perdón.

La confesión siguió, sin la presencia del hijo. Lo que el sacerdote le dijo a este, cuando ya se abrieron las puertas de ese confesionario doméstico, fueron estas: "Te puedes quedar muy tranquilo".

Nadie podrá negar que el presidente Suárez fue un hombre de fe. Como ha señalado don Ricardo Blázquez, que comparte la condición de abulense, un tejido de relaciones humanas insustituible, la fe de quien fuera el artífice del día a día de la Transición era discreta pero firme. 

Representaba la fe de un joven español de su época, formado en ambientes eclesiales de la Acción Católica, y con una clara vocación política. La expresión de esa fe honda, sencilla, teresiana para más señas, tiene su máxima evidencia en la familia que formó, en la educación católica de sus hijos, y en la forma de enfrentarse al dolor y a la muerte de sus seres más queridos. 

Esa natural forma de pertenecer a la Iglesia se conjugaba con un especial carisma para el trato con las personas. Conviene ahora recuperar el diálogo de José Luis Martín Descalzo con el cardenal Tarancón, y lo que dice de la relación que Adolfo Suárez mantuvo con el que fuera arzobispo de Madrid, desde aquel primer encuentro con los cardenal españoles una vez hubo sido designado presidente del gobierno por el Rey. 

O la conversación de Suárez y su esposa con el cardenal Tarancón después de la confirmación de una de sus hijas en la parroquia de San Jorge; charla en la que demostró que no se sentía dolido porque el hecho de que el cardenal no hubiera tenido un gesto con él en los momentos difíciles de su salida del gobierno. 

Más elocuente es lo que dice don Vicente Enrique y Tarancón en sus memorias acerca de las primeras impresiones que tuvo al hacerse público el nombramiento de Suárez. Cuenta el cardenal que esa fecha había acudido a ordenar a “Pablo, en su pueblo: Santa María del Tiétar”. Y añade: “Por cierto, que asistió ala ordenación Julián, el Administrador Apostólico de Ávila, y muchos sacerdotes de esa diócesis que conocían personalmente al nuevo Presidente del Gobierno, y me sorprendió que todos los sacerdotes unánimemente manifestaran su sorpresa por el nombramiento de Adolfo Suárez y se preguntaran ¿quién está detrás de ese nombramiento?”.

  La historia ha demostrado que la intuición del Rey Juan Carlos, y otros muchos factores, hicieron que el nombramiento de Adolfo Suárez fuera una de las claves de la Transición política española, en la que la Iglesia jugó un papel determinante por más que haya quien no quiera ahora reconocerlo. 

Con la muerte de Adolfo Suárez, en las manos de Dios, la historia de España guarda un silencio respetuoso y se pregunta qué será de su legado. 

José Francisco Serrano Oceja 


“Somos
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