Jueves 08/12/2016. Actualizado 16:49h

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Tribunas

La ética no es estética ni cosmética

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Me preocupa el nivel de crispación y la capacidad de insulto que está alcanzando la vida pública española. Ciertamente, no es un problema religioso, pero hunde sus raíces en el sentido de la dignidad humana y del respeto a la libertad y la buena fama de los demás, sean o no adversarios.

Se acercan consultas electorales, y es lógico que se afilen las armas. Solía decirse que, en las guerras, la primera baja es la verdad. En las contiendas electorales hispanas en general, en las batallas políticas tampoco brilla a gran altura la veracidad.

Ese tono agrio, compartido por demasiados, permite la pervivencia de situaciones que no se mantendrían en esa cultura democrática anglosajona que aquí se desprecia tachándola de puritanismo, cuando debería ser envidiada. En esos países del norte, primero se dimite, y luego vienen los procesos políticos dentro y fuera de los partidos. En España falla de raíz la democracia interna de las formaciones políticas.

Me admiran estos días los debates sobre transfuguismo. Recuerdan aquellas peleas infantiles del “da tú”… Y como no se cumplen los pactos, quieren imponerlo por ley votada en Cortes. Hasta podría acabar en el Código penal… Pero, con la lentitud de la justicia, ¿qué más da? Porque, al cabo, una norma no puede preverlo todo, menos aún si falta voluntad ética en los ciudadanos y en sus dirigentes.

Sopesando pros y contras, mi personal balanza se inclina a favor del transfuguismo, aunque sólo sea como espita de liberación de la asfixiante partitocracia, que está castrando la democracia española. Envidio las votaciones de los Comunes en el Reino Unido o del Congreso de EEUU, e incluso de la Asamblea Nacional francesa, en las que hay continuos trasvases, y nadie se escandaliza.

La corrupción, especialmente en el plano municipal, puede y debe atajarse con otros enfoques. El más importante, a mi juicio, es la fuerza expansiva de la cultura de la dimisión. Líderes, militantes y ciudadanos deberíamos quizá concordar que dimitir no equivale a aceptar responsabilidades jurídicas, porque también los profesionales de la vida pública tienen derecho a la presunción de inocencia. Pero sólo después de presentar la dimisión y de evitar tantos espectáculos grotescos.

No cabe ampararse en la complejidad de los asuntos. No estoy seguro, pero me parece, que antes de la reciente sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, la más extensa con diferencia fue la que anuló la ley del suelo: un suplemento del BOE de unas cien apretadas páginas. En materia de planes generales y parciales, de calificaciones y recalificaciones, de licencias y permisos, no debe de ser fácil cumplir con exactitud lo establecido por las diversas instancias legisladoras… Pero hay distancia entre una irregularidad jurídica, subsanable o no, y un estricto supuesto de corrupción, que suele manifestarse en un difícil justificable enriquecimiento personal de ediles, funcionarios o promotores…

En el fondo, en el origen de tantas cosas lamentables está la dilación de la justicia. Se comprende que, con tiempos procesales lentísimos, nadie quiera dimitir mientras no haya sentencia. Pero no es excusa: aunque en el mejor de los casos fuera ético, no cuadraría con la estética de la vida colectiva.

Los dirigentes tienen más responsabilidad. No todo comportamiento feo es delictivo. Pero el común de los ciudadanos acierta al calificarlo con un neto adjetivo: “inmoral”. Es larga la distancia entre la estética, la ética y la tipificación penal.

La complejidad de los asuntos suele simplificarse en los medios de comunicación, que suplen en juicios y condenas al poder judicial. Puede ser injusto para los que están en la melée. Pero normalmente prefieren esperar: en algunos casos notorios, se ha cumplido más del año y, por mor de recursos, no hay aún auto de procesamiento. Pero no haría falta esperar a la imputación formal, ni menos aún a la condena, para asumir la responsabilidad política. La sociedad no puede tolerar conductas dudosas en sus dirigentes. Ni la mejor cosmética puede esconder tantas patas de gallo.

Salvador Bernal