Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El dogmatismo laico

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Es usted un dogmático. En los tiempos que corren, de tolerancia, antifanatismo y diálogo, lo de dogmático suena a uno de los peores insultos. Y parece lógico. La Iglesia Católica tiene dogmas, es fundamental dentro de su planteamiento doctrinal y de fe. Pero otra cosa es imponerlos. Aunque hubo tiempos en que se persiguió al hereje, la Iglesia no ha pretendido nunca imponer sus creencias. Y siempre han existido individuos que han pretendido avasallar ostentando la verdad revelada. La libertad religiosa, oficialmente proclamada en el Decreto “Dignitatis Humanae”, defiende la libertad de las conciencias. A nadie se le puede imponer unos conocimientos ni unos modos de obrar.

Así que, por si hubiera alguna duda o quedara algún integrista recalcitrante, en la Iglesia queda claro desde hace ya bastante tiempo que no hay que blandir dogmas como amenaza en el diálogo. Y en estas estamos, respirando tranquilidad y atisbos de auténtica libertad cuando nos vienen los más puramente laicos, los que arguyen la dificultad de conocer la verdad para encarrilar cualquier disputa, y nos obligan a adoptar sus verdades.

Ahora no se puede no aprobar la práctica homosexual. Existe el dogma de la libertad para abortar. Es más, los estudiantes de medicina se verán obligados a estudiar cómo practicar abortos, porque se lo mandan nuestros tolerantes gobernantes. Y para no dispensar la píldora abortiva no sirve ni la objeción de conciencia.

La Iglesia propone, y no impone a nadie, unos dogmas que son verdades sobrenaturales no explicables por la razón pero que considera reveladas y, por lo tanto, necesarias para la vida cristiana. Verdades que no ofenden ni dañan al no creyente. A la persona ajena al Iglesia Católica ni le va ni le viene si Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Simplemente no está dentro de su credo o de sus verdades vitales.

En cambio los dogmas laicos son perversos, contrarios a las sensibilidades morales más universales, y nos los imponen a todos. Hay verdades alcanzables por la recta razón de los hombres en general: la práctica homosexual es antinatural: va contra el uso evidentemente normal del cuerpo del hombre y de la mujer. La complementariedad sexual que puede observar y entender cualquier niño, quieren negarla. Vale, que la nieguen, allá ellos en su lucha contra la naturaleza. Pero es que además nos la quieren imponer. Yo no puede pensar como han pensado todas las personas normales que han existido en siglos y siglos en todas las culturas. Me imponen sus dogmas.

Si hay algo que está en lo más íntimo del sentir de cualquier hombre o mujer de todos los tiempos es que no se puede matar a nadie y menos a los niños, y menos a seres totalmente indefensos. Amparándose en que a ese ser vivo no se le ve, desde la antigüedad han existido leyes encubridoras de esas prácticas. Por lo tanto entendemos que pueda haber en algunos casos excusas o engaños. Pero que traten de imponerme unos modos de hacer tan claramente antinaturales es el colmo del dogmatismo laico.

Muchos países están presionando fuertemente a Nicaragua y Kenia para que permitan el aborto en sus legislaciones. Ya no sólo no respetan la independencia legislativa si no que están queriendo imponer prácticas perversas. Y esto ha sucedido en marzo de 2010 en la sesión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. ¿Se puede entender mayor barbaridad? Que se hable de Derechos Humanos y se conculque el derecho a la vida y la independencia legislativa de los países. ¿Dónde queda la tolerancia y el consenso que les llena la boca cuando les interesa?

Ahora que pensábamos que sólo quedaban los musulmanes imponiendo verdades por la fuerza, resulta que los más dogmáticos son los laicos no creyentes, que nos quieren imponer sus creencias.

Ángel Cabrero UgarteC. U. Villanueva