Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El día después

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Mucho calor en la Nunciatura. Demasiado calor. Agradecimos al consejero primero que abriera toda las ventanas para que entrara un poco de aire fresco. No faltó nadie, bueno, siempre se echa en falta a algún asiduo. La recepción de despedida de nuestro querido don Manuel fue calurosa, en todos los sentidos, y, además, se convirtió la recepción del día después.

El día después de que monseñor Monteiro de Castro se marche y llegue a su despacho de la Congregación para los Obispos, aunque da la impresión, por cómo están discurriendo las cosas, que ya ha estado allí en espíritu y en verdad. El día después de la llegada del nuevo Nuncio a quien casi nadie conoce y a quien nadie parece reconocer. Todas las preguntas, y fueron muchas en la recepción, vanas pretensiones de localizar, al menos, un amigo español.

Fue la recepción del día después en las relaciones con el gobierno. Y por eso el ministro Caamaño se desgañitó en desmentir, con una boca que no sabemos si era grande o pequeña, sus declaraciones del verano, es decir, la oportunidad de su vida para cultivar los brotes verdes de una luna de miel, que no luna de hiel, entre la Nunciatura de Pío XII y la Moncloa de María Teresa Fernández de la Vega. Fue la recepción del día después de una generación de arzobispos, cabezas de metrópolis, primados históricos y primados en el liderazgo, que circulaban por entre los salones del Palacio de Pío XII como si fueran asiduos visitantes.

Fue la recepción del día después del Partido Popular que, como casi siempre, como últimamente, ni sabe, ni contesta, y tiene la desfachatez de no cuidar a la Iglesia, ni a sus jerarquías, ni a sus obispos. Una especie de complejo antijerárquico que lo único que les va a traer son problemas. Si no fuera por la presencia de Jorge Fernández, el PP necesitaba una penitencia pública. Si en el partido de la oposición no saben distinguir lo que pueda hacer un Nuncio, en el contexto de su misión, con caldito y sin caldito, de lo que representa la despedida del legado pontificio y un ejercicio diplomático y protocolario de presencia, allá ellos. Fue la recepción del día después del periodismo dedicado a la informaicón religiosa, que hoy sigue la batuta de Internet por la desamortización a la que ha sido sometida por los grandes medios impresos. La recepción en la Nunciatura fue el aviso un curso que siempre tendrá su día después.

José Francisco Serrano Oceja