Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Mi carta a Benedicto XVI

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Querido Santo Padre,

Con temor y temblor, con filial afecto, encadeno con rabia contenida las ideas de esta columna, publicada en el tiempo y en el espacio digital, -en donde el todo está en el uno y el uno está en el todo-, para hacerle llegar el afecto de mis más sincera devoción, en estos días en los que la hidra de la potestad de las tinieblas profana su buen nombre, su dulce nombre. No es la primera, ni la última carta que recibirá en estas aciagas jornadas, en las que los estertores de un tiempo, el nuestro, se manifiestan en una de sus más desgradadas expresiones: la manipulación intencionada de la verdad y el desprecio de quienes lo aprovechan todo para construir la nada. Vivimos, Santo Padre, envueltos en una hipócrita hipersensibilidad que hiere el corazón de la verdad sobre el hombre y el anhelo de vida que habita en lo nuevo de la historia.

Santo Padre, no hace muchos días tuve la oportunidad de asistir a una de sus audiencias generales. Aún permanece en mi retina la blancura de su porte, la pureza de sus gestos, la limpieza de expresión de cercanía en la distancia, de íntima voluntad de confidencia con quienes gritábamos un escandaloso ¡Viva el Papa! En varios momentos, la música llenó la magna sala para acompasar su intervención sobre san Buenaventura. La música, más cercana al cielo que a la tierra, era, sin duda, un eco de su mirada.

Santo Padre, hemos sido muchos los que aprendimos el cristianismo por ósmosis de mixtura en la pasión por la fe de Juan Pablo II y en su inteligencia de la esperanza. Hemos sido muchos los que pudimos andar por los vericuetos de la cultura gracias a la descongestión del progreso de la modernidad que usted ha hecho en diálogo con los más sabios de la tierra. Hemos sido no pocos los que nos hemos sorprendido de su fino bisturí frente al complejo desvarío de la postmodernidad. Somos multitud los que apreciamos su magisterio estético en la liturgia. Nosotros, los miembros de la generación Juan Pablo II, hijos de las Jornadas Mundiales de la Juventud –yo lo fui de la de Santiago de Compostela-, cuando hemos tenido que confrontarnos, en privado y en público, con nuestros profesores de Universidad, con nuestros compañeros de clase, con nuestros amigos de ocio, hemos recurrido sistemáticamente a los argumentos que encontramos en sus libros, que leímos en sus trabajos. No pocas veces, en las más diversas aulas de las más variadas ciencias humanas y sociales, les hemos intentado hacer comprender a nuestros alumnos que la fe no es reliquia del pasado y que tenemos un faro que nos ilumina aún en las noches de oscura marejada, un maestro, Benedicto XVI.

Querido Santo Padre, con lágrimas en mi alma cristiana, sabedor de mis pecados y de la ternura de la gracia, con la rabia contenida de quien se siente hastiado de páginas escritas con la intención aviesa de la iniquidad y el olor podrido de la mentira, le pido, con humilde corazón, que no ceje en su empeño por enseñar a este mundo y a esta Iglesia a distinguir, principio de todo conocimiento. Siga, Santo Padre, haciéndose preguntas, haciéndose en sus textos nuestras preguntas, y ofreciéndonos esa certera respuesta a este mundo de preguntas que somos. Por favor, ayúdenos a descubrir el horizonte de verdad, de bien y de belleza que habita en nuestra historia; piense con nosotros en nuestros hijos pequeños, en su futuro, que es condición de nuestro presente. Muéstrenos día a día las íntimas profundidades de ese Dios que nos habla; háblenos de ese “logos” que se inscribe en lo humano y que hace que el hombre siempre supere al hombre cuando se encuentra con Cristo. Santo Padre, susúrrenos, con el aliento de la pureza, renovados cánticos de amor y de esperanza. Santo Padre, muéstrenos el camino de la realidad, enséñenos de nuevo a saborear el polvo del camino y la delicadeza del agua que nos purifica. Somos muchos los que hacemos que nuestras ideas, al anochecer, descansen en las suyas. Gracias, Santo Padre, por la firmeza de sus manos de siervo en el timón de la barca de Pedro. Gracias por estar ahí, por enseñarnos la dulzura del sí cotidiano a la verdad en la historia. Un sí, como el de María, la Madre de Jesús… como el suyo, hace ya unos pocos años.

Su filial hijo,

José Francisco Serrano Oceja