Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Las caricias de la Madre Gertrudis

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Dicen que la historia no se repite, aunque lo parezca. ¿Dónde está el progreso entonces? Aquella imagen, aquel gesto, aquella escena. No fue la primera vez, tampoco quizá la última, en el cielo también se ama. ¿Quién no recuerda al Papa Juan Pablo II acogiendo y abrazando con sus manos el rostro de la Madre Teresa de Calcuta? Fotografía universal de mil razones en dos vidas cargadas de esperanza; dos existencias para un mundo que vive “del perfume de un frasco vacío”. ¿Acaso hemos olvidado esa sintonía de alma entre el Papa Magno y aquella mujer, pequeña, pero grande de corazón y de alma?

Doy fe; no, la historia no se repite. Pero yo he sido testigo, este pasado fin de semana, de una historia muy parecida, similar, con notas escritas con las letras de Evangelio en la partitura de la vida de Dios. Así es la gloria de Dios, pobre entre los pobres, el lenguaje de las miradas.

Casi, casi igual, idéntica. A miles de kilómetros de distancia; bajo el cielo azul de mar del mediterráneo, a la sombra de los pinos que cantan los colores del arco iris, fui testigo del encuentro de un sucesor de los apóstoles y de una religiosa, joven de espíritu, pero a la vez anciana, inquieta y vivaracha, todo transparencia, todo humildad, todo gracia. Con poca naturaleza y con mucha misericordia, una religiosa toda fe, toda caridad y, pese a los años, toda esperanza. Protagonistas: el arzobispo de Valencia y una hija de san José de la Montaña.

La música, esa melodía de la fidelidad de Dios presente en el tiempo, en todos y cada uno de los tiempos, siempre es la misma; pero siempre sabe nueva. La novedad cristiana.

En la localidad valenciana de Torrent, Don Carlos Osoro cogía de la mano a la Madre Gertrudis en su camino hacia la ermita de la Virgen Gitana Peregrina, la Majarí Calí. El bullicio de los niños y jóvenes, gitanos, inmigrantes, que acababan de recibir la primera comunión, unos; la confirmación, otros, no interrumpía ese encuentro, espiritual cercanía. Don Carlos Osoro, un arzobispo que sabe de pedagogía de la fe y de carisma y de sincera bonhomía, bendecía la ermita de la Virgen Gitana, una chabola en el corazón de un pueblo que sabe de honduras y de destierros del alma. Y allí, mientras se desgranaban las oraciones a la Madre de todos, por ser la Madre de Jesús, la religiosa Gertrudis Rol sonreía, porque la Virgen le había susurrado caricias de caridad en su alma, más doscientas caricias de niños y niñas a los que la madre Gertrudis ha entregado lo único que ella tiene, su transparente mirada.

José Francisco Serrano Oceja