Viernes 21/07/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La canción y el llanto de Fátima

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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El Señor sorprende siempre a los hombres. Y una sorpresa divina, bajada del Cielo, fue la Virgen Santísima en Fátima hace cien años, y sigue siendo hoy, cien años después.

Tres pequeños que no sabían leer; tres criaturas, dos niñas y un niño, de una pequeña aldea portuguesa que apenas sabían otra cosa que llevar las ovejas a pastar, y en pastos conocidos, y rezar las oraciones que habían aprendido de sus padres.

El Señor envía a su Santísima Madre a hablar con estos pequeños, y en apenas seis meses, desde el 13 de mayo, día de la primera aparición hasta el 13 de octubre, fecha la última aparición, los encuentros de la Virgen María con los tres pastores de Fátima han tenido eco en medio mundo, y la temblorosa y sumisa voz de tres niños de una aldea de Portugal ha resonado con fuerza en todo el mundo.

Hemos prestado una atención muy grande a la cuestión de los “secretos” que parecían escondidos en las palabras de la Virgen. Yo los dejo a las consideraciones ya hechas, y a las que tenga que hacer, el Papa y su entorno. Yo me quiero quedar hoy con los normales diálogos de la Virgen con Jacinta, Francisco y Lucia.

¿De qué les habla?  Fátima es un canto y un llanto de la Virgen sobre el Pecado y la Misericordia. El pecado del hombre; la misericordia de Dios. Un canto y un llanto con tonos fuertes y tonos suaves y dulces.

Nos podemos preguntar: ¿Cómo se le ocurre a la Madre de Dios hablar del pecado de los hombres a tres criaturas? ¿Cómo se le ocurre mostrarles de alguna manera el horror del infierno, de la soledad –querida libremente- del hombre apartado para siempre del amor de su Creador, del Amor de su Redentor, del Amor de su Santificador?

Los niños se entristecen y lloran; no se deprimen, y no pierden la serenidad y alegría de cada día. Son conscientes del dolor del Señor por los pecados de los hombres; y viven de alguna manera con Dios el mal que los hombres se hacen a sí mismos con el pecado.

¿Por qué a tres niños y no a tres personas hechas y derechas, hombres o mujeres? Los niños tienen una sabiduría divina, que todavía no han manipulado para su servicio egoísta. Están abiertos a la luz: “Si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 3). El diálogo de Santa María con los pastores de Fátima nos manifiesta la extraordinaria cercanía y confianza de Dios con los hombres.

Y, ¿para qué les hace partícipes de la realidad del pecado, del mal del mundo, del infierno, del dolor de Dios?

Una mujer insultaba con frecuencia a los tres pastorcillos. Un día, que salía de una taberna, medio borracha, la mujer “no se contentó con insultarnos”, dice Lucia. Jacinta comentó: “Va a ser necesario que pidamos a la Santa Virgen la conversión de esta pobre mujer y ofrecer sacrificios por ella. Dice tantos pecados que si no se confiesa irá al infierno”.

En vísperas de un día 13, Lucia y Jacinta iban jugando. Jacinta se paró, y le dijo: “No juguemos. Hagamos este sacrificio por la conversión de los pecadores”. Y se puso a rezar elevando los brazos. “Sin pensar que alguien podía verla, eleva las manos juntas y sus ojos hacia el cielo y hace su ofrenda”.

La mujer contempla a Jacinta desde la ventana de su casa, y después tiene la honradez de decirle a la madre de Jacinta que “la plegaria de Jacinta le impresionó de tal modo que no había necesitado otras pruebas para creer en las apariciones”.

Jacinta hizo transparente a los ojos de aquella mujer, la sabiduría de Dios, la misericordia de Dios. La sabiduría de los niños descubre el “vacío” de los intelectuales; la luz de la plegaría de una niña alumbra la oscuridad del alma de una pecadora.

Es el gran “secreto” de Fátima. San Juan Pablo II que confesó su creencia de que la Virgen de Fátima desvió la bala que iba dirigida a su corazón, colocó después la bala en la corona de la imagen. Perdonó al que podría haber sido su asesino, e invitó a todo el pueblo cristiano a seguir rezando para que los pecadores se arrepintieran y gozaran de la misericordia de Dios, reflejada en la sonrisa de la Virgen.

Y el gran “secreto” de Fátima seguirá llenando de luz los corazones de los peregrinos que esperan dos, tres, cuatro horas para poder recibir la absolución de sus pecados. Y Dios se conmueve con Francisco, con Jacinto, con Lucia, que siguen rezando en el Cielo, por nosotros, pecadores, pidiendo por la paz del mundo, rogando por la Iglesia.

ernesto.julia@gmail.com