Jueves 24/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La caja de los truenos

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Se ha levantado la tapa de la caja de los truenos con el discurso inaugural del cardenal Rouco en la Asamblea Plenaria. Ha comenzado, de nuevo, la ceremonia de la confusión en la que hay que saber aún quiénes son los nuestros. Y, una vez más, se han aprovechado, sin el más mínimo pudor y con la impunidad que caracteriza la imprudencia, los de nunca con las afirmaciones más disparatadas.

Curiosa coincidencia de procesos de descontextualización en la historia reciente de España. Ahora resulta que ha sido el portavoz del PP en el Congreso quien ha dicho eso de que los obispos opinan, pero no legislan. Recordemos que la frase favorita de Zapatero era aquella que decía que la fe no legisla. Alfonso Alonso no es Rodríguez Zapatero, y no se le parece ni en el blanco de los ojos. Se acabó, por tanto la identificación entre Iglesia y derecha. Viva la transversalidad....

Sin embargo, la situación actual obliga a una reflexión serena sobre la capacidad real de la Iglesia de expresar públicamente sus opiniones cuando considere oportuno, y no cuando le venga bien a las estrategias políticas de los poderes de turno. Una vez más, de lo que ese está hablando es de la libertad real de la Iglesia, interna y externa; la libertad de expresar públicamente su opinión. Libertad por la que ha luchado el cardenal Rouco a lo largo y ancho de su biografía y de su bibliografía, y que parece ser una asignatura pendiente de la democracia en España.

Como la tormenta ha sido casi perfecta, en la vorágine hemos podido leer cosas sorprendentes. Voy a olvidar a quienes sentencian los nuevos extrañamientos, una especie de muerte eclesial que lo aprovecha todo. Me voy a referir, como ejemplo, a la columna de Enric Juliana, el autor del concepto del Partido Alfa, que parece no encontrar su Omega, titulada "El coletazo", del pasado martes 16 de abril en La Vanguardia.

La línea argumental del texto arranca de una larga elucubración sobre la voluntad de poder del cardenal Rouco, como tesis indiscutida por el autor del texto. Si en vez de partir de la voluntad de poder, que debe demostrar el escritor, y no demuestra, parte de la voluntad de servicio, que hay también que demostrar, pero que es más evidente por la propia naturaleza del acto y de lo que dice, incluso de los efectos que produce, ¿cambiarían las cosas? Los signos de contradicción como servicio.

Afirma el columnista que el cardenal Rouco conoce bien la filosofía alemana. Pero de esta afirmación no se deduce que conozca, ni mucho menos que haya asimilado, el pensamiento de Nietzsche. He revisado documentaciones varias y no he encontrado en todo el magisterio, entrevistas, declaraciones del cardenal Rouco, una sola cita o giño de y a Nietzsche. Por algo será.

Lo que parece un juego de malabares es la afirmación de Enric Juliana que identifica el hecho de que el cardenal Rouco haya hablado en la plenaria de los temas de la sociedad española que afectan a la conciencia cristiana con una supuesta conspiración mundial contra Rajoy en el 2008. Idea que por más que repita no es creíble –una reiterativa cantinela que él sabrá de dónde viene, adónde va y a quién beneficia- , y que no tiene fundamento alguno. Incluso habla de la cena en casa de una periodista, que ahora no cita, pero que otras veces sí lo ha hecho. Ítem más, se permite juicios de valor y de intenciones atribuidas al cardenal Rouco... para qué seguir.

El problema de la opinión pública española, y de la opinión pública en y sobre la Iglesia, es el grueso calibre y la brocha gorda... Increíble por no creíble... Irreal, imaginario, pura fantasía, ni poesía siquiera.

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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