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Tribunas

A los buscadores de Dios

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La “Carta a los buscadores de Dios” (Conferencia episcopal italiana, abril de 2009) se dirige tanto a personas creyentes como a otras alejadas de Dios, que quizá lo buscan sin saberlo. También a los que dicen estar cansados de buscar, estancados, resignados o desilusionados.

El documento se compone de tres partes: una invitación a reflexionar sobre “las preguntas que nos unen”; un testimonio dirigido a dar razón de la esperanza cristiana; y una propuesta a quien mantiene abierta la posibilidad de un encuentro con el Dios de Jesucristo. Aquí sólo nos detenemos en la primera parte: las preguntas de los “buscadores de Dios”.

Ante todo, somos buscadores insaciables de la felicidad. Pero “algunos han acusado a la tradición cristiana de oponerse al deseo de la felicidad, de mirar demasiado al futuro olvidando el presente. A veces se acusa a los creyentes del precio excesivo que hay que pagar para asegurar la felicidad, o se reprochan los modelos que saben a renuncia, incluso un poco masoquista, presentados para alcanzar la felicidad. Alguno ha llegado a la decisión de deber liberar al hombre de Dios para restituirle el derecho a la libertad”. Pero a la vez son evidentes la fragilidad y los límites de la existencia, que a veces nosotros mismos construimos: cuando priorizamos el tener sobre el ser, nos cargamos de cosas inútiles, o ponemos las cosas por delante de las personas. La experiencia, en todo caso, es que no somos eternos ni omnipotentes, y que los bienes más importantes son la vida y el amor. Queremos vivir pero no estamos demasiado dispuestos a esperar al más allá, y entonces aparece la tentación de la resignación o del cinismo. Y sin embargo, la esperanza tiene que ver sobre todo con la alegría y la unidad, en el corazón –unidad de sentimientos y de proyectos– y en la historia –sentido de los compromisos–…

¿Y qué pasa con el amor y los fracasos? Nos damos cuenta de que el amor se origina en el don de sí mismo, que tiene que ver también con la acogida del otro, y con el futuro de una comunión en libertad de los dos. Pero nos da la impresión de que no somos capaces, por la experiencia del afán posesivo, la ingratitud, los deseos de aprisionar al otro. Con todo, seguimos con una nostalgia de un amor infinito… (¿Será una trampa, una mentira de la naturaleza?)

Luego está el sentido del trabajo. Quien lo pierde, pierde el sentido de la vida. También se puede caer esclavo del trabajo. Pero se presiente como una responsabilidad heredada, y debida a las generaciones que nos siguen. Percibimos que un enfoque economicista o materialista destruye su dignidad. La perspectiva cristiana señala la necesidad del descanso y de la fiesta; no sólo para recuperar las fuerzas, y seguir trabajando como esclavos. Sino sobre todo como manifestaciones de libertad, como experiencias de comunión en familia y de mejora de las relaciones con los demás y con la naturaleza. Para los cristianos, el domingo es “memorial” de Cristo resucitado y anticipación de la vida futura; liberación de la idolatría del dinero, de la posesión, de la obsesión por el trabajo; y posibilidad para vivir la sobriedad y la solidaridad con los más débiles.

¿Por qué no conseguimos la justicia y la paz? Quizá –se sugiere aquí de modo interesante– porque nos faltan en el ambiente cotidiano de las relaciones familiares y sociales, del estilo de vida; porque nos sobra ruido y activismo y nos falta contemplación y respeto a la dignidad de las personas.

En el fondo de las preguntas por el sentido y la esperanza, está la constatación de que, para alcanzarlos, precisamos de algo por encima de nosotros que nos dé la fuerza para lograrlo: es la pregunta sobre Dios. Pero ese Dios, ¿quién es, dónde está, cómo podemos conocerlo?. Y acertadamente se apunta que “creer no es ante todo asentir a una demostración clara o a un proyecto carente de incógnitas”: no se cree en algo que uno pueda poseer y administrar con seguridad y pacíficamente. “Creer es fiarse de alguien, asentir a la llamada del extranjero que invita, poner la propia vida en las manos de otro, porque sea el único y verdadero Señor”. Creer no es irracional, pero no creer –sobre todo superficialmente– no es digno de la persona. Por eso hay que decir que no “a una fe negligente o indolente, estática y rutinaria; como también a un rechazo ideológico de Dios, a una cómoda intolerancia, que se defiende evitando las preguntas más verdaderas, porque no sabe vivir el sufrimiento del amor”. Entonces, ¿creer significa perderlo todo y renunciar a todo signo? No, porque eso sería olvidar la misericordia de Dios, manifestada en Cristo (¡en su Corazón!) y en la Iglesia: ahí encontramos el alimento, la luz, el camino: “no para eximirnos de la lucha, sino para darnos fuerza; no para adormecer la conciencia, sino para despertarla y estimularla hacia los trabajos y los días del amor, en que el amor invisible se haga presente”.

Sin Dios, es difícil el sentido de la vida. Con Él, un continuo desafío. Pero el único fracaso sería cansarse de buscar.

 

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra