Lunes 25/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La autoridad de los imanes

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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Si en una encuesta a pie de calle se preguntara quién es la máxima autoridad en el islam, probablemente, la mayoría de las respuestas señalarían a la figura del imán. Respuesta incorrecta, según las fuentes de la fe islámica y su jurisprudencia. En el islam no hay una autoridad suprema, sino unas cuantas. Varias figuras sin organización jerárquica, sin supremacía de unas sobre otras, detentan la autoridad legítima en el islam. Califas, imanes, ulemas, jeques, faquíes, cadíes, muftíes o mullahs, eligiendo solo las más familiares para nosotros, tienen el mismo grado de autoridad entre los musulmanes.

Imán, imām en árabe, significa guía. Originariamente, era el que dirigía la oración pública en la mezquita. Históricamente, junto con el título de Príncipe de los creyentes, es el término más antiguo que emplearon los musulmanes para designar a los primeros sucesores de Mahoma. Por ello, hoy designa también al que guía la comunidad y no solo la plegaria. En el islam sunita, como es el caso del imán de la mezquita y universidad cairota de Al-Azhar, Ahmed al-Tayyeb, el imán está despojado de la infalibilidad para interpretar la revelación que le otorga el islam chiita. Su misión principal es custodiar el mensaje revelado a Mahoma y supervisar la administración de la comunidad. Nadie posee por sí mismo el derecho del imamato y, por tanto, ha de ser investido por la comunidad. El candidato ha de reunir una serie de condiciones como ser justo, poseer las competencias necesarias para interpretar la Ley, tener capacidad de gobierno y tener fuerza y coraje para dirigir el yihad. En la práctica, no se cumplen todas estas condiciones y la comunidad sólo tiene en cuenta algunas de ellas a la hora de designar a un musulmán como imán. Esta capacidad de la comunidad musulmana para designar a los imanes recae hoy generalmente en los gobiernos de cada país. Ahmed al-Tayyeb fue nombrado por Hosni Mubarak en 2010.

Su encuentro con el Papa Francisco, máxima autoridad de los cristianos, nos hace contemplarle como la máxima autoridad del islam sunita. Pero no es así. Su manifiesto deseo de mantener un diálogo con los cristianos y su visión particular de la relación entre religión y violencia, no dejan de ser eso, una valoración personal de un teólogo  prestigioso. Para la comunidad musulmana tiene el mismo valor vinculante que la valoración que pudiera emitir otro imán, otro muftí u otro jeque sunita, los cuales podrían contradecir a Al-Tayyeb investidos con la misma legitimidad. De hecho, los islamistas no tienen por qué aceptar su interpretación, que no es infalible. Al-Tayyeb goza de un gran prestigio académico en el mundo sunita por los estudios que ha realizado, pero no posee ningún carisma que dé a sus palabras un valor de verdad vinculante para todos los sunitas.

Sus palabras sobre la instrumentalización de la religión son esclarecedoras y las iniciativas de diálogo con los cristianos que ha implantado en Al-Azhar son un paso muy positivo. Pero de los que velan por conservar el mensaje del islam, se espera algo más. Igual que encuentran ejemplos en la Carta de Yatrib para apoyar este diálogo interreligioso, esperamos que encuentren en las fuentes de la fe islámica y en su trayectoria histórica la demostración de que el islam es contrario a la violencia y de que a los que la practican no se les puede considerar musulmanes. Aunque solo se trate de la valoración de un sabio, es lo que muchos estamos esperando escuchar de una vez por todas bien sea en los labios Al-Tayyeb o de otro imán, jeque, muftí o mullah del mundo sunita o chiita sin que se contradigan entre ellos.


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