Martes 22/08/2017. Actualizado 17:39h

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Tribunas

El alma de un arzobispo

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No es difícil entusiasmarse en nuestro tiempo. Las noticias, las perspectivas de colores nada llamativos, los cambios sin aparente rumbo, la deforestación en las estructuras, obligan a un ejercicio de realismo, a un esfuerzo añadido para contemplar con ilusión cómo luce el sol cada día. Por eso los testimonios de sinceridad de una vida vivida desde el Evangelio son especialmente valiosos.

En un reciente viaje profesional a Tarragona, me topé de bruces con un pequeño, pero jugoso, libro autobiográfico del hoy arzobispo de esa inmemorial sede, monseñor Jaume Pujol Balcells. Editado recientemente por Claret, la primera sorpresa, comentada a la amable persona que me atendió en la librería diocesana de Pastoral, sin mucho éxito, fue la diferencia de portadas entre la edición española y la edición catalana. No sé si algo más que una anécdota editorial, dado que las perspectivas eclesiológicas de una, -foto de plano medio del arzobispo-, y de otra, -perspectiva asamblearia-, eran complementarias.

Pero la sorpresa fue el contenido de un libro que dibuja el alma de un hombre de Dios, de un pastor que mira la realidad, las personas que le rodean, con los ojos del Evangelio. Don Jaime, con perdón de lo autóctono, en las iniciales cien páginas, ha sabido atrapar la curiosidad del lector y llevarla de la mano hacia las fuentes de su vida espiritual, de su vida sacerdotal, de su vida episcopal, con sabia mixtura de fecunda humanidad y de humilde confesión de fe, de caridad y de esperanza.

Con brotes de singular ironía que provocarán más de un carcajada, como la adscripción de las batallas con el chupete, o sus aficiones futbolísticas, el arzobispo de Tarragona, ordenado sacerdote, por cierto, por el cardenal Tarancón en la madrileña Basílica de San Miguel, se presenta y se define como un padre y un pastor, ocupado y preocupado por la santidad de sus fieles, por la construcción de una sociedad justa e igualitaria, por ser animador de aliento y de esperanza. Como acreditado catequista, hay que agradecerle las continuas referencias a la transmisión de la fe, la nota de color de su librito para los jóvenes recién confirmados, las reflexiones más que oportunas sobre el Concilio Vaticano II, y los apuntes al papel de la comunicación, y de los medios de comunicación, en la Evangelización hoy. Su texto es un texto de lo esencial cristiano, en el que no se pierde en lo accidental, sino que remite a lo primero y siempre principal de la vida de fe.

Son muchas las personas que circulan por esta inusual narración. Sus padres, sus hermanos, particularmente su hermano sacerdote, sus compañeros de estudios y, especialmente, las personas que fueron para él maestros en la vida espiritual. Hay que hacer especial mención al ejemplo de san Josemaría Escrivá, con quien vivió no pocos años de su etapa romana. Un encuentro que es columna vertebral y una de las claves manifiestas de estas confesiones del tejido vital de un arzobispo del siglo XXI.

Más allá de las inevitables repeticiones, producto de la espontaneidad y no en menor media de sus santas obsesiones, como es el caso de la situación de los sacerdotes, el libro, al lector, se le queda corto. Por ejemplo, en la página 89 habla sin hablar de un Proyecto cultural, que no estaría de más que hubiera desarrollado con detalle, o del contenido de su oración o de sus proyectos para una diócesis milenaria.

Libros así hacen que brote en el interesado interlocutor una espontánea oración de agradecimiento y un nada desdeñable sentimiento de compañía. Algo de eso es la Iglesia, sin duda.

José Francisco Serrano Oceja

jfsoc@ono.com

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