Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El Viernes Santo de la Iglesia

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Ni el Derecho Canónico es una especie de subterfugio de espacio sagrado para quienes no desean someterse al imperio de la ley civil, por más que se empeñen algunos en hacer del cristiano, y del sacerdote, un mero y sólo ciudadano sometido al único yugo de la ley civil, y no al de la conciencia de pecado, ni el caso pederastia, -que no es lo mismo que los casos de pederastia-, es un problema de la sola comunicación. ¿Acaso el Código de Derecho canónico no habla de la justicia? El celibato y el Código de Derecho Canónico levantan demasiadas ampollas.

En la reluciente Catedral de Valencia, mientras perseguía cada gesto y cada palabra del arzobispo Carlos Osoro, contemplaba cómo la Iglesia sufre y reza, se mete en sí misma y entra de lleno en el Viernes Santo de la historia, -que es el de la potestad de las tinieblas, el del reino del maligno-, pensé en la Iglesia y oré por la Iglesia, que ahora, como hace muchos años, despierta en las almas de la humanidad, aunque exista la atrófica percepción de sentirse atenazada por el poder destructor del mal. No es fácil sustraerse a la actualidad; la prueba de fuego consistía en que, en una más o menos espontánea homilía, en un Domingo de Ramos, en el Hosanna litúrgico de la vida de los cristianos, un arzobispo enhiesto de fe y de caridad y de elocuencia hablara de la Iglesia. Y así fue. Cabe el Turia, como en otras muchas iglesias y catedrales de la cristianía, don Carlos Osoro se refirió al aquí y ahora, con una invitación cordial, de corazón, a ser testigos de la Iglesia.

Benedicto XVI, humilde siervo de la villa del Señor, sabe que frente a la contingencia de la historia, la Iglesia no prevalecerá. Y también sabe que la Iglesia es hoy el único dique de contención contra los poderes de este mundo, que quieren hacer del hombre una marioneta de los deseos. Benedicto XVI conoce, como pocos, las ideas perniciosas que, durante años, han minado la fe en la Iglesia, en los sacerdotes, en los cristianos. El caso de la pederastia lo es el de una teología moral que se ha estado enseñando y practicando en la Iglesia. Es el caso de una forma de concebir el ministerio alejada de la santidad, de la sacralidad, del sacrificio, de la responsabilidad, de la dignidad, del sentido del pecado. No pocas de las teologías sobre la Iglesia y el sacerdocio suponían una derivación de la responsabilidad personal, que está implícita en la teología del pecado mortal, que se trasladaba hacia las mutantes psicologías de base cientificista. El caso de la pederastia es la evidencia de la trampa que cierto mundo de pensamiento psico-social le ha tendido a la Iglesia, y a la historia. El caso de la pederastia es el de la inoportunidad de algunos que quieren aprovechar lo que no se debe aprovechar para tapar sus vergüenzas.

El caso pederastia no es, como nos quieren hacer creer, incluidos algunos editoriales tan bien intencionados como ingenuos o deficientemente argumentados, un fruto de cierta comprensión de la imposibilidad del celibato. Todo lo contrario. Es el resultado de los actos de quienes habían subordinado la realidad de su experiencia cristiana a su voluntad deformada por los lenitivos de la desorientación. El caso de la pederastia es un fruto amargo, minoritario, pero existente, del mayo del 68, de la revolución sexual y de las antropologías a pie de materia. Para no pocos medios, el caso de la pederastia es el de la hipocresía moral de señalar los efectos sin abordar seriamente las causas; es el caso de la personalización frente a los que no se atienen a las nuevas leyes del mercado de lo social. El caso de la pederastia es el principio de la purificación, no de los nuevos cátaros sino de quienes sabe que la Iglesia del Señor, blanca como la sotana del Papa, ha recibido el aviso de una sentencia de descrédito social, a medida de medias verdades con definitivas mentiras. El caso y los casos harán a la Iglesia, y nos hará a los cristianos, ser más de Dios.

José Francisco Serrano Oceja