Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Triste banalización del terrorismo

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Aprendí a rezar por las víctimas del terrorismo junto a monseñor Álvaro del Portillo hace ya muchos años. Tenía como el resorte de acudir al texto del clásico responso en cuanto le llegaba la noticia del fallecimiento de una persona. Y lo hacía también en silencio, o en voz alta, cuando la información venía por periódicos o telediarios.

Para mí, fue un ejemplo de vibración cristiana auténtica ante comportamientos inhumanos que significan –al margen de toda consideración política una gravísima violación de las leyes divinas. Es más, sé que allá por los años setenta le dolía que las ceremonias fúnebres no se celebrasen con solemnidad en las grandes iglesias o catedrales, sino como de tapadillo en los propios acuartelamientos. Insisto: se trataba de un motivo religioso, frente al posible adormecimiento de las conciencias. Como recordó el arzobispo, tras el atentado de Burgos, la violencia es intrínsecamente perversa.

Algo de todo eso me viene hoy a la memoria ante los últimos atentados de ETA en España, pero también ante las noticias diarias, a las que uno acaba acostumbrándose, de los cientos de muertos en Nigeria, en Sudán, en Somalia, en Irak, en Pakistán, en Indonesia o en Filipinas. Muchas veces se incendian iglesias o lugares de culto por odio a las religiones. Aunque lo normal es la política y la ideología, agudizadas letalmente por los nacionalismos. Y eso, sin contar las víctimas del narcotráfico, plaga que sufre especialmente México: el primer semestre de 2009 ha batido todas las tristes marcas con 4.300 muertos.

Mucho tiene que ver el reconocimiento de esa malicia moral con las auténticas creencias religiosas. Benedicto XVI dedicó cierto espacio al problema del mal en su homilía en la catedral de Aosta, el pasado 24 de julio. Aunque la relación “con Dios es algo profundamente personal”, si se prescinde de Él, “falta la brújula para mostrar el conjunto de todas las relaciones a fin de hallar el camino, la orientación que conviene seguir”.

Y glosó el Papa esa idea central con algunos comentarios que surgen en las visitas ad limina de obispos africanos, y también de Asia y América Latina, donde existen todavía religiones tradicionales, con elementos comunes: “todos saben que existe Dios, un solo Dios, que Dios es una palabra en singular”; pero como parece ausente o lejano, la religión se ocupa de cosas o poderes más próximos, como los espíritus o los antepasados; la evangelización consiste precisamente en acercar a los hombres a ese Dios aparentemente lejano.

La cumbre de su omnipotencia se refleja en la capacidad de sufrir por los hombres, para salvar el mundo. No olvida a las víctimas del odio ni de la injusticia. “Perdonar no es ignorar, sino transformar (…) Dios perdona transformando el mundo y entrando en nuestro mundo a fin de que haya realmente una fuerza, un río de bien más grande que todo el mal que pueda existir”. La capacidad de perdón agranda el corazón humano con aliento casi divino. En todo caso, impide cualquier tipo de acostumbramiento ante la dramática repetición diaria del terrorismo en el planeta.

Salvador Bernal