Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Terapia y sacerdocio

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Sabíamos de Benedicto XVI pedagogo. Pero no sabíamos de Benedicto XVI terapeuta, persona que sabe del tratamiento de las enfermedades.

Concluía el año sacerdotal el viernes pasado, con una homilía terapéutica sobre el sacerdocio. ¿Qué sería de nuestro mundo sin sacerdotes? ¿Qué sería de nuestra vida, de nuestra vida de cristianos, sin sacerdotes? No existe la Iglesia sin sacerdotes, ni los sacerdotes sin Iglesia. En la sociedad de la Información, el éxito no reside en quien vence o consigue sus objetivos, radica en las historias que prevalecen. Miremos al pasado inmediato, ¿qué imagen prevalece en el imaginario público sobre la Iglesia y el sacerdocio?

La terapéutica consiste en un ejercicio de verdad: la Iglesia no tiene un problema con la pederastia. El problema de los sacerdotes no es ni el celibato, ni la pederastia. El arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, lo ha dicho con la claridad que le caracteriza, en una entrevista dominical que es como una carta pastoral en formato preguntas y respuestas: “Pienso que, efectivamente, y no de una manera inocente, por determinados grupos mediáticos que tienen detrás intereses políticos y económicos, ha habido un campaña de desprestigio y de homologación, de que pederastia es equivalente a Iglesia católica”.

Quienes fueron a la clausura del Año sacerdotal han vuelto pletóricos de la sana medicina de la cercanía de Benedicto XVI. En España aún se espera una reflexión orgánica de la Conferencia Episcopal, o de los metropolitanos, sobre el sacerdocio, algo así como una terapia, o catarsis conjunta sobre la conjunción de generaciones sacerdotales, desde la emergente, la actual; la perdida –tal y como la definió Fernando Sebastián-; o la preconciliar.

Coincidí este fin de semana con varias generaciones sacerdotales en Castilla y León, en una diócesis sin ningún seminarista, abandonada al silencio de Dios, de la Historia y, probablemente de su obispo. Y mientras leía la homilía de Benedicto XVI, escuché las confesiones perplejas de una generación de sacerdotes que habían sido educados en universidades pontificias con afirmaciones como que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús era una “edulcorada y femenina piedad”.

¿Por qué el silencio sobre el sacerdocio en la historia de la Iglesia en la España reciente? ¿Por qué el silencio sobre el sufrimiento en la historia de la Iglesia? El milagro de los sacerdotes españoles, de los sacerdotes de andar por casa es, sin duda, el milagro de la fidelidad, pase lo que pase, se piense lo que se piense, a las promesas sacerdotales. San Juan de Ávila tendría mucho que decir al respecto.

Mientras, Benedicto XVI, el terapeuta, decía en la homilía de clausura del Año Sacerdotal: “También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo”.

José Francisco Serrano Oceja