Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Stephen Hawking no es Dios

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La de Stephen Hawking se ha convertido en una de las voces más escuchadas en este mundo nuestro. Sus opiniones recorren el planeta de punta a punta.

Dicen, quienes saben de ello, que se trata, sin duda, de un científico apreciable, aunque quizá encumbrado por encima de lo que merecería, en comparación con los trabajos e investigaciones de otros colegas mucho menos conocidos y mediáticos.

Y se afirma también, aquí con mayor certidumbre, que cuando, desde la ciencia, ha querido penetrar en los análisis filosóficos, Hawking ha desbarrado soberanamente. Simplemente porque no sabe filosofía: no domina los fundamentos mínimos de esa ciencia.

Acaba de terminar un nuevo libro, que está a punto de salir a las librerías, en el que expone esta conclusión: “Dios no pudo crear el Universo”.

Afirma que la física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el universo. Que, igual que el darwinismo eliminó la necesidad de un creador en el campo de la biología, el conocido astrofísico las nuevas teorías científicas hacen redundante el papel de un creador del universo.

Concluye, en fin, que el Big Bang, la gran explosión en el origen del mundo, fue consecuencia inevitable de las leyes de la física.

A mí, únicamente desde el punto de vista del sentido común básico, se me ocurre una pregunta: ¿Y de dónde surgen esas leyes de la física? Si existen leyes (que existen), ¿quién las puso?

Pienso que la opinión de que el mundo nació por una causalidad exige un acto de fe al menos tan fuerte como la convicción de que lo creó un ser superior. Por otro lado, ¿antes de que ocurriera la causalidad había algo?

Pararse a contemplar este mundo nuestro con un poquito de calma nos descubre una realidad tan rica, tan hermosa, tan completa, tan variada y hermosa, que es sencillo concluir que sólo puede ser la creación de un Dios.

En cualquier caso, resulta bastante evidente que Stephen Hawking no es Dios, sino sólo un ser humano. Tan limitado como cualquier otro ser humano. También en sus conclusiones.

José Apezarena