Jueves 17/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Rezar y luego todo lo demás

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De pronto, pasadas las cinco de la tarde del día 28 de febrero de 2013, el último brillo blanco de su sotana al abandonar el balcón de Castel Gandolfo desde el que ha saludado, ha desaparecido y ha dejado en su lugar el oscuro vacío de su sede vacante.

Así nos quedamos, sin luto que llorar, pero con una vertiginosa sensación en el alma. Y sin embargo, hay una intensa luz en el modo en el que se han desarrollado los acontecimientos. Una luz tan nueva y reveladora que nos ha dejado al descubierto la clave de nuestra fe, la clave que Benedicto XVI no ha parado de reiterar en sus últimos días en la sede de San Pedro. El secreto está en rezar y luego todo lo demás. El Papa ha tenido que renunciar, en latín, ante el consistorio, con unos cardenales atónitos que repasaban en sus cabezas las palabras para dar crédito a lo que ocurría, para que todos nos paremos un momento a pensar en el valor de la oración.

La oración del Papa al tomar su decisión. El Papa tiene hilo directo con Dios. Lo sé de fuente fidedigna porque él mismo nos lo ha dicho en miles de ocasiones. Por eso no tengo duda de que se retira al Monte Tabor para rezar con el Señor, para rezar por nosotros, por todos, porque Dios entendió que ahora su oración era más fuerte y necesaria al frente de la Iglesia. Porque la Iglesia tendrá su próximo Papa gracias al fruto de oración de los cardenales.

La oración del Papa emérito. Ya está rezando. Lo puedo imaginar arrodillado delante del Sagrario, en una recogida capilla de esas en las que, en la penumbra, invita al tono de confidencia y amistad que él siempre ha utilizado con Dios. Sigue vestido de blanco, pero sin más artificio que alguna modesta cruz que le haga recordar que ahora su cruz es esta, porque también en la recogida oración, oculto para el mundo, lleva a cabo el Señor su redención.

Nuestra oración por el Papa emérito. Hemos visto a un hombre sufrir. La renuncia de Benedicto XVI nos ha abierto los ojos de una realidad de cuya crudeza no éramos conscientes: pesa mucho pastorear al pueblo de Dios. Nos ha dicho antes de marcharse de la vida pública que nunca se ha sentido solo, pero me queda la duda de si habré rezado lo suficiente por él, de si no podría haber aliviado su carga con más oración, con más sacrificio, con más entrega hacia el vicario de Cristo en la tierra.

Nuestra oración por los cardenales. Llegan las intrigas vaticanas y el periodismo toma un rumbo alocado en el que parece no importar esa premisa de que lo que contamos tiene que ser cierto o, al menos, suficientemente contrastado, que aún tenemos derecho al error. Entonces, nos corresponde rezar más que nunca para dejar actuar al Espíritu Santo. Y sobre nosotros, los periodistas, en particular los católicos, por vocación, por devoción, por profesión, recae el peso de que para la sociedad el cónclave conserve el tono sobrenatural que Dios ha querido darle.

Nuestra oración por el nuevo Papa. Ya podemos empezar a rezar por él porque Dios hará el sumatorio cuando los cardenales lo elijan. Y tras el aldabonazo de esta renuncia, que no podamos pensar nunca que no rezamos lo suficiente por el Santo Padre que está por llegar.

La clave, sencilla: rezar y luego todo lo demás. Gracias por tu gran lección. Gracias, Benedicto.

María Solano Altaba@msolanoaltaba

“Somos
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