Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Revolución sacramental

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El cardenal Cañizares, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y para la disciplina de los Sacramentos, ha puesto el dedo en la llaga. No existe renovación de la vida cristiana en nuestro tiempo sin una renovación de la forma sacramental de la vida de fe, de esperanza y de caridad. Joseph Ratzinger demostró, durante muchos años, que su teología no acababa en los círculos dogmáticos, sino que impregnaba la vida cristiana, principalmente en y desde la liturgia. No fueron sus incursiones sobre la historia y la práctica sacramental apéndices de su pensamiento. Muestra de ello es ese primer tomo de sus obras completas, que comienza con los trabajos sobre la liturgia, en los que se expresa una profunda conexión entre la Cristología y la Eclesiología.

Cuando Ratzinger es elegido Papa necesitaba un hombre que llevara adelante esa reforma de la vida cristiana implícita en la reforma de la Iglesia. Si un cardenal es capaz de ser la larga mano del Papa en esta ímproba tarea es el cardenal Cañizares. Después del Concilio Vaticano II, la liturgia ha sido el ejemplo del campo de experimentación de las tropelías teológicas e ideológicas dentro del catolicismo. A la liturgia llegaban cocinadas las expresiones, también las corporales, de una insuficiente comprensión de la reforma, entendida ésta como ruptura con lo anterior. Se podría decir que la desobediencia no formal de mayor calado que está teniendo el pontificado de Benedicto XVI se encuentra en su reforma liturgia. Un nuevo movimiento que, más que desarrollarse en todas sus consecuencias, se ha apuntado, se ha puesto sobre la mesa con algunas medidas que también se están ninguneado.

Ahora, el cardenal Cañizares, pero no sólo el cardenal Cañizares, ha lanzado la magnífica idea de adelantar la primera comunión a los niños. Y lo ha hecho con un artículo en L´Osservatore Romano, que es el mejor medio propedéutico a los decretos y las normativas vaticanas. Con una sólida argumentación teológica enraizada en la tradición, ha comenzado a soltar amarras con el lastre de sociologismo y de pedagogismo que se había sometido a los sacramentos de la iniciación cristiana después del Concilio Vaticano II. Su prepuesta supondría el inicio de una auténtica revolución sacramental que, por otra parte, no escandaliza a realidades de Iglesia y a diócesis que hace ya tiempo viene poniéndola en práctica. No debemos olvidar que hay Iglesias en España que, por ejemplo, confieren el sacramento de la Confirmación en el entorno de la primera comunión, ofreciendo así el pleno sentido de sacramento de iniciación cristiana. Ahora, la magnífica y profética argumentación del cardenal Cañizares deber ser secundada por los niveles y estructuras de decisión en la Iglesia, y esto siempre es lento y complicado. Pero supondrá un paso más en la afirmación de una nueva propuesta cristiana.

José Francisco Serrano Oceja