Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Religio vera, religio mythica

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En la observación de la realidad religiosa de Occidente, y más concretamente de España, surge con frecuencia la pregunta: ¿es cristiana nuestra sociedad o ha dejado de serlo? En uno de los libros publicados en los últimos años del ahora Benedicto XVI se lee: “Varron (el más docto de los romanos) distingue entre tres clases de ‘teologías’, entendiendo por teología la ‘ratio quae de diis explicatus”, la comprensión y explicación de lo divino. Son la theologia mythica, la theologia civilis y la theologia naturalis”1.

Citando al filósofo romano explica que “los teólogos de la theologia mythica son los poetas, porque compusieron cantos acerca de los dioses”2. Son aquellos que escriben historias que tocan los sentimientos, que cuentan ficciones que nos pueden tranquilizar o levantar el ánimo en los malos momentos.

“Los teólogos de la theologia física (natural) son los filósofos, es decir las personas doctas, los pensadores, los cuales, yendo más allá de la costumbre, indagan acerca de la realidad, de la verdad”3. En este sentido no se cansará Ratzinger de advertir que la religión cristiana es la primera y única que se puede llamar teológica pues se apoya en un sistema filosófico, en gran medida el griego, y a través de esos conocimientos pretende demostrar donde está la Verdad.

“Los teólogos de la theologia civil son los ‘pueblos’, los cuales, en su elección, no se adhirieron a los filósofos (no se adhieren a la verdad), sino a los poetas4”. El pueblo inculto o aquellas personas cansadas de buscar lo verdadero se refugian en el sentimiento. Esto es lo que veía Varron, y Ratzinger advierte que S. Agustín, al citar a este sabio romano, relacionaba sin ninguna duda al cristianismo con la theologia fisica, la religión de los filósofos.

A lo largo de la historia de la Iglesia observamos diversos posicionamientos de la jerarquía, de los ministros y del pueblo fiel, de manera que manteniendo la seguridad sobre la religio vera, el convencimiento de que el cristianismo contiene la Verdad, sin embargo se han vuelto con frecuencia más al poeta que al filósofo y, sobre todo, con demasiada frecuencia han consentido en que el cristianismo sea la theologia civilis, la religión del poder constituido.

Esto tiene una cierta excusa porque, como dice Rhonheimer, “el cristianismo afirma la intrínseca bondad, racionalidad y autonomía de las realidades terrenas (...). Sin embargo, al mismo tiempo contempla estas realidades terrenas como necesitadas de redención”.

Si el cristianismo pasa a ser religión civil, desde la jerarquía al último fiel se sienten protegidos, seguros y, por lo tanto, fácilmente indolentes. Desaparece la apologética y el no cristiano pasa a ser un infiel maldito. Cuando el catolicismo dicta las normas sociales será frecuente que el teólogo civil se una con el poeta, y lo que domine al cristiano de a pie sean las mitologías, milagrerías y demás historias que rayan en lo esotérico.

Es preocupante observar a católicos que incluso teniendo un cierto nivel cultural para la historia, la política o la economía, siguen viviendo en un ambiente mítico-cristiano, con mucha más afición por las historias de apariciones y monjas milagreras que por los apologetas de nuestro tiempo. ¿Es posible mostrar a otros la Verdad de este modo?

La Iglesia concordataria puede ser una Iglesia adormecida. La Iglesia perseguida está viva. Fijándonos sólo en la realidad española, en tantos siglos de compromiso Iglesia-Estado, vemos los males ocasionados: las ‘dos Españas’ no dejan de ser la España laica y la España confesional6.

En la actualidad no hay confesionalidad y por eso hay más libertad. En algunos ambientes observamos animadversión y no faltarán quienes teman las tremendas persecuciones del comienzo del siglo pasado. En esos momentos querrían verse amparados por una theologia civilis, una religión de Estado, y al no encontrar ese cobijo les quedan básicamente dos salidas: la religión mítica del milagro, las visiones y apariciones, o la theologia naturalis, la búsqueda razonable de la verdad.

La ausencia casi total en Occidente del Estado confesional hace surgir con más vehemencia la apologética, con autores modernos brillantes ya clásicos como Newman o Chesterton, y otros más recientes, como Scott Hahn o Messori, y desde luego un Papa teólogo, Benedicto XVI, como quizá no lo ha habido en toda la historia de la Iglesia.

El cristianismo es theologia naturalis y sólo el aburguesamiento conduce a convertirlo en theologia mitica. En nuestro país es posible que los políticos agnósticos de los últimos decenios se hayan dado cuenta de que es rentable mantener una cierta religión civil de adorno, que contenta al mediocre. Pero siempre permite Dios el resurgir del espíritu vivo del cristianismo gracias a la sandez de unos gobernantes empeñados en prohibir hasta los crucifijos. Nunca sabrán el gran bien que nos hacen empujando a las buenas cabezas hacia la theologia fisica, hacia el pensamiento, saliendo de la modorra de la confesionalidad.

Ángel Cabrero UgarteCentro Universitario Villanueva