Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Relativismo político

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Los partidos políticos están haciendo constantemente el ridículo. Ahora son los basureros de desecho nuclear. Antes fue la ley del agua. Y así con otros muchos temas. No tienen criterio. Deben gobernar, servir a la sociedad, pero no saben lo que deben hacer, ni les interesa. ¿Es conveniente poner un basurero nuclear en este término municipal? No han investigado ni se han hecho un planteamiento medianamente científico. Si lo hubieran hecho tendrían algo que decir a los ciudadanos, que tienen derecho a saber.

Pero no van a investigar nada. Sólo les interesa una cosa: los votos. Alguien pensará que les interesa el bien de los habitantes del lugar. Pero no es verdad. Tantean para ver la reacción del potencial votante, eso es todo.

El relativismo político es una consecuencia de un relativismo trascendente que domina el pensamiento de muchos teóricos. ¿Qué es eso de la Verdad? La verdad absoluta no se encuentra en ninguna parte. Se niega el ser. No se pretende que la verdad del otro sea más o menos cierta que la mía, simplemente no se tiene en cuenta como verdad si no como opinión.

En un entramado tan endeble del debate humano, lo único que preocupa es la actitud: la tolerancia, el consenso; pero no se dan cuenta del absurdo de un debate sin posibilidad de verdad. Tolerar a alguien significa que estoy dispuesto siempre a respetarle como persona, piense como piense. Pero sus opiniones no tengo por qué tolerarlas. No puedo admitir la falta de libertad típica del Islam aunque tenga un amigo musulmán a quien respeto. No me da lo mismo la libertad que la esclavitud. Hay realidades buenas y malas.

Ese relativismo último tiene una repercusión en la vida y desde luego en la política. Ciertamente hay decisiones que son relativas: pueden cambiar con el tiempo, con las costumbres, con los descubrimientos en la ciencia. Pero hay decisiones morales que son absolutas: el aborto o es bueno o es malo. No depende de las circunstancias. Y la vida no puede depender de la libertad.

El celebre diálogo entre Ratzinger y Habermas (Ed. Encuentro, 2006), en torno a si el Estado puede crear sus leyes sin tener en cuenta una ley anterior, contribuyó a un ejercicio de pensamiento útil para el pensador y para el político: al final no queda más remedio que aceptar que por encima de las leyes positivas están las concepciones de la razón práctica que son universales, lo que podemos llamar Ley Natural. Todo el mundo sabe que no se puede matar. Dejar esas decisiones en manos del número de votos es destrozar la naturaleza del hombre, y la naturaleza, tarde o temprano se venga.

Pero el político no quiere admitir un poder superior al suyo. Admitir la verdad sería negar el valor sagrado del voto, sería admitir una autoridad sobre ellos, y rechazan cualquier debate sobre los argumentos que puedan aportar los no políticos, desde un ámbito científico o religioso. Una vez más se confunde la autóritas con la potestas. Su afán de poder y su miedo a la libertad de los demás les lleva a rechazar cualquier autoridad que les puede advertir sobre lo que está bien y lo que está mal.

Ángel Cabrero UgarteProfesor del C. U. Villanueva