Viernes 23/06/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Política y religión en Costa de Marfil

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Sin ninguna duda, la grave crisis de Costa de Marfil, que está a punto de convertirse en auténtica guerra civil si llegan más armas del exterior, es un conflicto político causado por un presidente dictatorial. Tardó mucho tiempo en cumplir el compromiso de convocar elecciones, que había asumido en foros internacionales. Y, cuando al fin se celebraron el 28 de noviembre, no aceptó los resultados. Tras el fiasco de Kenia, que pudo ser en parte reconducido, supone otro grave precedente para África, más aún cuando Laurent Gbagbo lidera un partido que sorprendentemente no ha sido expulsado de la Internacional Socialista.

Costa de Marfil tiene dos presidentes y dos gobiernos. Pero el que debería haber cedido el poder al salido de las urnas, tiene en su mano buena parte del ejército, ha nacionalizado entidades de crédito y trata de controlar los mercados de materias primas. Pronto se unirá el caos económico con el político, y dará lugar a nuevos y graves problemas humanitarios.

Acaba de fracasar el último intento de mediación de la Unión Africana en Addis Abeba. Estaban convocados los dos “presidentes”, pero Laurent Gbagbo se negó a abandonar Abiyán, y envió al jefe de su partido, Pascal Affi NGuessan. Alassane Ouattara sí acudió, y vio cómo el Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana reiteraba su reconocimiento como presidente legítimo de Costa de Marfil, y exigía a Gbagbo que aceptase la constitución de un gobierno de unidad nacional abierto a todas las partes, según la experiencia de Kenia.

Pero Gbagbo también rechaza esta propuesta, con lo que conduce al país a la guerra civil, como teme el documento publicado por la UA: “sin una solución rápida de la crisis, existe el riesgo de que Costa de Marfil se precipite en una violencia generalizada que tendría consecuencias incalculables para el país, para la región y para todo el continente”. Como expresaba el titular de un reciente editorial de Le Monde, “El futuro de África se juega en Costa de Marfil”.

Hace unos días, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) estimaba que 450.000 personas habían debido abandonar sus hogares en Costa de Marfil por la creciente inseguridad y los combates entre las fuerzas opuestas. En la zona de Abiyán, las tropas leales a Gbagbo, apoyadas por milicias locales y mercenarios extranjeros, están intensificando sus ataques contra los partidarios de Ouattara.

Dentro de la violencia, se han producido también incidentes –más bien provocaciones aparentemente por motivos religiosos, como la destrucción de dos mezquitas, a finales de febrero en Yopougon. A raíz de ese suceso, el Foro de las Confesiones Religiosas de Costa de Marfil se dirigió a todos para que no convirtiesen la crisis política del país en “una crisis religiosa”. De modo coherente, autoridades cristianas y musulmanas condenaban unidas, y enérgicamente, los ataques a lugares de culto: “queremos recordar que los lugares de culto son santos y sagrados y que, como las embajadas, benefician del estatuto de extraterritorialidad, por lo que las iglesias, mezquitas y templos, son lugares inviolables”. Ese criterio es válido, con mayor motivo, cuando se convierten también en sitio de refugio para las personas que huyen de la violencia.

En la práctica, obispos y misioneros católicos tienen que intensificar su tarea humanitaria, para atender a las víctimas de los enfrentamientos y a los afectados por los movimientos migratorios. Lo explicaba Mons. Gaspar Beby Gneba, Obispo de Man, a 586 Km. de Abiyán: “sólo en Duékoué tres lugares han acogido desde el inicio a más de 30 mil personas desplazadas, de las cuales 15 mil en la Misión Católica de Santa Teresa, de los salesianos. En la actualidad, muchos desplazados han alcanzado a sus familiares en el sur del país, pero todavía hay más de 22 mil personas desplazadas en los centros de Duékoué”.

Se confirma lo que escribí hace algún tiempo, basado en informaciones publicadas en el semanario Jeune Afrique: en medio de las turbulencias que sufren los marfileños en los últimos tiempos, los líderes de las diversas confesiones, reunidos en el Foro de las Confesiones Religiosas, creado en 1995, han trabajado continua y conjuntamente por la paz. Han jugado un papel importante en el fortalecimiento de las relaciones entre musulmanes y cristianos, así como en la mediación de las sucesivas crisis, a pesar de los intentos de Laurent Gbagbo de confundir a unos y otros.

Pero éste no deja de perder batallar diplomáticas, como la de la UA en Addis Abeba el 10 de marzo. Ese mismo día Le Monde publicaba otro manifiesto de un grupo de intelectuales con el expresivo y quizá utópico título: “¡Laurent Gbagbo debe irse!”

Salvador Bernal