Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Perdónales, porque SÍ saben lo que hacen

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Ahora que estamos en plena Semana Santa, cobra especial actualidad la primera de las Siete Palabras que pronunció Cristo en el Calvario: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

Con ellas, el Salvador exoneraba a los autores materiales de la crucifixión, a los verdugos y sayones, pero también los instigadores, a los príncipes de los sacerdotes, letrados… Incluidos Poncio Pilatos y el mismísimo Judas, si éste se hubiera dejado.

Cristo clamaba a su Padre que no les tuviera en cuenta aquella atrocidad, porque no se daban cuenta de lo que en realidad estaban haciendo: ajusticiar al salvador de los hombres, al Hijo de Dios.

Y es verdad que no lo sabían.

Digo que cobran especial actualidad esas palabras porque podrían aplicarse a quienes están manejando torticeramente, contra la Iglesia, y contra Benedicto XVI más directamente, los casos de pederastia.

Se trata de asuntos reales, terribles, rechazables a más no poder… pero limitados, no generales. Y que, desde luego, en absoluto nublan la vida heroica y santa de la abrumadora mayoría de sacerdotes y religiosos, el servicio salvador inmenso que proporciona la Iglesia, o la figura santa, titánica, del actual Pontífice.

Son de aplicación las palabras, aunque con una decisiva variante: “Perdónales, porque SÍ saben lo que hacen”.

En estos casos, en quienes engrandecen, magnifican, desenfocan y llevan a sus portadas y a sus editoriales estas acusaciones generales, no existe ignorancia. Ni, mucho menos, buena fe. Más bien al contrario. Saben bien lo que hacen, lo que quieren hacer.

¿Y qué pretenden? Unos, quizá los menos porque hablan desde su desazón personal y su propia historia, derruir la institución del celibato sacerdotal.

Otros, los más, y sobre todo los más peligrosos, buscan descalificar públicamente cualquier autoridad de la Iglesia Católica y de su Pastor. ¿Para qué? Para que su voz deje de ser la referencia, punto de apoyo y confirmación de verdad, de millones de personas en todo el mundo.

¿Y por qué les molesta esa voz? Porque propone precisamente lo contrario de lo que sostienen la mayoría de los agitadores, promotores y voceros de la campaña. Porque el modelo de persona, de sociedad, de familia, de comportamientos, de valores, que defiende la Iglesia les crispa y desenmascara, descalifica su propia conducta íntima, y son un muro levantado frente a solapados objetivos de controlar las conciencias y las sociedades.

No se nos olvida que las primeras denuncias de pederastia en Estados Unidos, que además correspondían a episodios ocurridos dos, tres y cuatro décadas antes, y en bastantes casos zanjados judicialmente, coincidieron con la invasión de Irak por Bush padre, y con la molestia que causaba a su Administración que la única voz, la única, que se atrevió a poner reparos y a criticar la iniciativa provenía de los obispos norteamericanos.

Se diseñó ese artilugio mediático, los casos de pederastia, muy bien trabado y ampliamente secundado, para quitar altavoces a la Iglesia en Norteamérica.

Ahora estamos en lo mismo.

Y, a pesar de todo, a pesar de la intencionalidad de la campaña, de las complicidades, las palabras de perdón de Cristo siguen siendo válidas. Aunque SÍ sepan lo que hacen.

Perdón, por supuesto. Pero chuparse el dedo, no. Y callarse, mucho menos.

José Apezarena