Lunes 25/09/2017. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Pedro, por boca de Francisco

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Habemus Papam. Quizá estos sean unos apuntes primeros de apresurado y sentido agradecimiento a Dios por la elección del Papa Francisco. De la conciencia cristiana brota espontáneamente el agradecimiento por un nuevo nombre, que viene en nombre del Señor.

La dinámica de la gracia es siempre sorprendente. Habrá que analizar más detenidamente qué es lo que ha pasado y qué papel han jugado los medios en esta historia. Por cierto, unos medios que si algo decían del nuevo Papa es nunca se ha entregado a la fascinación mediática. Por tanto, no caigamos de nuevo en las categorías reduccionistas para intentar entender al Papa, porque ya vemos cómo los presupuestos, en lo referido a la Iglesia, pronto caducan.

Lo que podemos afirmar es que la libertad interior y exterior de los cardenales es capaz del sorprender al mundo, y a la Iglesia. Y quizá la historia de la Iglesia, las verdaderas reformas de la Iglesia, hayan sido siempre una sorpresa: la creatividad del Espíritu Santo. Un Papa que se asoma a la logia principal de la Plaza de san Pedro y provoca, en la Iglesia y en la humanidad, produce siempre un escalofrío. Dios no juega a las quinielas, y el Espíritu Santo se manifiesta en la libertad interior del Colegio cardenalicio.

Podemos lanzarnos a analizar este nombramiento escrutando sus causas y sus consecuencias. Y comenzar a sospechar, al final y al cabo no sabemos lo que ocurrió dentro del Cónclave, que si se bloquearon los iniciales nombres, que si los cardenales mayores y con más peso señalaron al hoy Papa Francisco, que si la mayoría recordaba lo que pasó en el Cónclave anterior... Ahora la historia es otra y estamos en otro momento, un momento estelar de la historia. Y como en los momentos estelares de la historia, se ha producido un cambio de eje. Pedro ha comenzado a hablar por boca de Francisco y la sorpresa, que es lo propio de la vida de fe, y la novedad, y una cierta nueva forma de propuesta cristiana, ha comenzado, se nos ha manifestado ayer en la Plaza de san Pedro.

La renuncia de Benedicto XVI, que suponía un cambio de práctica y en la práctica, del ejercicio del primado no acabó ahí. Tiene ya un segundo momento. Un cambio que ha tenido su continuidad en la elección del cardenal Jorge Mario Berboglio como sucesor de Pedro. Su nombre es Francisco. Y ese cambio se ha confirmado y ratificado en la persona de un jesuita, implicado en la complejidad del postconcilio tanto en la vida interna de la Compañía de Jesús como en la Iglesia en Hispanoamérica.

El eje de la Iglesia se traslada de Europa a América; pasa de una forma de entender la relación con el mundo, Eurocéntrica, razón y pensamiento, a otra forma en la que pesa más la preocupación por lo interior de la Iglesia, la reforma interior, la renovación de sus estructuras, y en la que la vida espiritual adquiere un protagonismo singular en la más pura tradición ignaciana del sentir con la Iglesia. El hecho de que la referencia del Papa haya sido la oración conjunta –esa imagen impresionante del Papa inclinándose como nuevo Moisés- es muy impactante, y atrayecte. Lo esencial cristiano siempre cuestiona, y aquí tenemos un perfil en el que destaca lo esencial de la vida de oración, de sencillez y de discernimiento.

Todo lo que podemos decir sobre el cardenal Jorge Mario Berboglio se sintetiza en su nuevo nombre: Francisco. Fue Francisco quien recibió del Señor la llamada a que, en la pequeña y derruida ermita de San Damián, reconstruyera su Iglesia; fue san Francisco quien recibió las llagas de Cristo; fue san Francisco quien peregrinó a abrazar al sucesor de Pedro; fue san Francisco quien recogió el rechazo de los suyos, de los que él había convocado a vivir según lo que Dios le había suscitado; fue san Francisco... el que mostró al mundo la sabiduría de un pobre, el Evangelio más trasparente. Fue Francisco quien nos une con otros Franciscos...

Por cierto, en la forma de presentarse, en la forma de hablar y de relacionarse, en la Plaza de san Pedro, se parece tanto a Juan XXIII, si de comparar se trata, que el corazón se ensancha en la bondad. La Iglesia está viva y sorprende. ¿Alguien lo niega?

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·