Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Pecados de juventud

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Espero que la Santa Sede no se adelante en estos días y se haga público el nombramiento del nuevo obispo de San Sebastián. Como los papeles ya están calientes, en donde tienen que estar, y ha pasado el tiempo de gracia que pidió el Gobierno, y se han acabado los viajes de monseñor Uriarte y los suyos a Roma para captar benevolencias y seguir con la teoría y la teología de la diferencia específica, tengo un respiro de algo más de cuarenta y ocho horas, hasta el próximo artículo, para hablar del jesuíta Ignacio Iglesias, que falleció el pasado fin de semana.

Escribo del P. Iglesias, Ignacio, que no del Padre Manuel, -del que algún día seguro también hablaré-, con afecto sincero y agradecimiento sentido. Quien fue el hombre del Padre Arrupe –la sombra del P. Arrupe- para la Compañía de Jesús y para España no aparecerá quizá en los libros de historia de la Iglesia. Lo que no se puede negar es que hizo gran parte de la historia de la Iglesia contemporánea en España.

La Nota oficial de la Compañía de Jesús era bastante elocuente de su elocuencia habitual: “Destinado a Comillas (Santander) fue Vicerrector del Seminario Menor entre 1961 y 1965 y a continuación Rector del Colegio Máximo hasta 1966, en que fue nombrado Provincial de León. En 1972 marchó a Roma como Asistente de España y cercano colaborador del P. Pedro Arrupe, un período del que él ha escrito que “después de la vida y la fe, que incluye como es obvio a mi familia, y después de la llamada del Señor a la Compañía de Jesús, los nueve años y medio vividos con Arrupe han sido la gracia más importante de mi vida”. En 1981 fue nombrado Provincial de España. Fue Presidente de la CONFER entre 1982 y 1986. En 1987 pasó a vivir con los estudiantes en formación jesuitas, en la Comunidad de San Leopoldo (Madrid), asumiendo la dirección del Secretariado Interprovincial de Ejercicios y de la Revista Manresa”. Si lo dice la oficial Compañía, así será.

Pero también voy a desvelar una confidencia comunitaria. Y lo hago porque en la mesa en la que nos encontrábamos había más de diez personas. Ocurrió hace algo más de un año en Valladolid. El P. Iglesias nos había dado una magnífica tanda ignaciana de Ejercicios. Ya el domingo, en la comida final, quise preguntarle muchas cosas, demasiadas. Y en un momento avanzado de la conversación, me dijo algo que no olvidaré. Y lo hizo inclinando la cabeza, y con los ojos fijos en el más allá: “Anda, por favor, no me recuerdes mis pecados de juventud”.

Descanse en la paz de Su Señor.

José Francisco Serrano Oceja