Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El Patriarca de Lisboa en España

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Portugal está más lejos de España de lo que parece. Al menos, en cuestiones eclesiales. Máxime ahora que se nos va a Roma don Manuel, nuestro querido señor Nuncio. En los últimos años, aunque haya una estrecha relación entre los episcopados, sólo la Comisión de Medios de Comunicación ha sabido articular la forma de llevar a cabo esa comunión eclesial, acaso por eso de ser dos Conferencias propietarias de radios generalistas mayoritarias.

El Patriarca de Lisboa, cardenal José da Cruz Policarpo, estuvo hace unos días en Covadonga para pronunciar una conferencia en el curso de verano organizado por la Asociación Católica de Propagandistas sobre las raíces de Europa. Su texto se tituló “Misión de Europa, Lectura de los Signos de los Tiempos y nueva Evangelización”. No debemos olvidar que su tesis doctoral, defendida en la Universidad Gregoriana, en la sección de Teología Dogmática, fue sobre los Signos de los Tiempos, un concepto muy de la teología contemporánea, si acaso no tuviera algo que ver con los lugares teológicos de la época clásica. Su intervención estuvo dividida en tres partes principales; una dedicada a la misión de Europa en el mundo a la luz de la Historia; la segunda, a la lectura de los signos de los tiempos; y la tercera, a la nueva Evangelización.

Quizá lo más noticiable de su conferencia –que no fue mucho- fue la parte referida a la “exigencia y presión continua” que ejerce la sociedad “sobre la Iglesia para que cambie su doctrina, la socaire de los cambios individuales o de grupo.

Contraría a la sociedad el hecho de que la Iglesia no apruebe los vaivenes éticos de la sociedad contemporánea, a la que no escapa ningún aspecto fundamental de la vida humana: el amor y la sexualidad, el matrimonio y la familia, el sentido trascendente de la verdad, la grandeza de la libertad, capaz de tomar opciones perennes y definitivas. En la formación de los cristianos cada vez debe quedar más claro que las exigencias éticas brotan de la profundidad de la fe en Jesucristo, principio del hombre nuevo y, por lo tanto, de una nueva calidad en la vivencia de todo lo que es humano”.

Sorprendió en el final de su conferencia, la cita que hizo de la Juventud Obrera Cristiana (JOC), contextualizada en la idea de que es “necesario ser hermano en nuestro caminar con todos los que quieren compartir con nosotros la vida enseñándoles a discernir el sentido profundo de las realidades a la luz de Cristo y del Evangelio. Fue la perspectiva de Cardijn al fundar la JOC: ver, juzgar y actuar”. Una conclusión de la historia para la historia.

José Francisco Serrano Oceja