Miércoles 18/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El Papa visto por el hermano del Papa

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El pasado verano, en la noble e histórica ciudad de Ratisbona, se presentó un libro especial: el libro del hermano del Papa sobre el Papa. En el acto, se dieron cita, bajo la presidencia de monseñor Gerhard L. Müller, un no pequeño grupo de amigos, de compañeros, de admiradores, de católicos fieles. También se encontraba, invitado por el obispo del lugar, el arzobispo de Madrid, cardenal Rouco Varela, que pasaba sus habituales días alemanes de descanso en una localidad cercana. El acto se convirtió no en un homenaje al Papa, ni al hermano del Papa, sino en expresión de un sencillo canto a la vida cristiana y a la profunda humanidad que la fe y la vida espiritual producen en la historia.

El anciano hermano del Papa, don Georg Ratzinger, ha certificado en un precioso y delicado libro, "Mi hermano, el Papa", hecho en diálogo con el periodista Michael Hesemann, el valor purificador del sufrimiento en la vida de la familia Ratzinger. Es también un testimonio espeluznante de la radiografía de la historia reciente de Europa, y de cómo la ideología nazi y sus vértebras destructoras iban minando la fe y la razón de generaciones de alemanes. Sólo la intensa vida de piedad de la familia Ratzinger, el ejemplo de su padre, coherente caballero cristiano, y la alegría y eficaz sencillez de su madre, levantaron un dique de contención en la conformación de la personalidad de los hermanos Ratzinger.

El libro, con calidad y humildad expositiva, alcanza cimas de minuciosa descripción del ambiente de esa compleja época y coloca al lector frente a la realidad, en el día a día, de los efectos de la hidra destructora del paganismo mortal. Este texto es un verso concatenado de amor a la Iglesia y de respeto a los hombres que, en la Alemania de los primeros años del siglo XX, supieron hacer de la comunidad cristiana un ámbito privilegiado de verdad y de libertad.

Y es, sobre todo, un espejo de una persona, nuestro Papa, que destaca por la delicadeza. Una de las impresiones más ciertas que el lector saca del libro es que en la vida y en la personalidad de Joseph Ratzinger no hay esquinas, atajos; que todo es equilibrada sencillez y transparencia. De niño, de joven, de estudiante, de profesor, de sacerdote, de obispo, de Papa, siempre ha sido y es el mismo, y siempre ha hecho posible que quienes le rodean sientan la ternura de su mirada y el consuelo de su presencia y de su palabra. Frente a las azadas de la ideología, el Papa de la verdad tranquila es el Papa de la grandeza en lo pequeño, en los detalles que hacen lo humano divino y lo divino más humano.

Gracias, don George, por despejar las falacias de no pocas historias y por permitirnos entrar en el santuario de la familia Ratzinger, descalzos, sin hacer ruido, como si no pasara nada.

José Francisco Serrano Oceja

jfsoc@ono.com

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