Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El Papa y la esclerosis cultural española

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Tenía razón el editorialista del diario Avvenire, Francisco Ognibene, ¿acaso el Papa habrá alterado, incomodado, su vida, su habitual programa diario, para venir a criticar el laicismo de Zapatero, como insiste machaconamente alguna prensa española, miope de una realidad a la que dicen servir y a la que, en la práctica, manipulan? ¿Tanto vale Zapatero y tan obcecado está el Papa? Algo está pasando en España. Comentábamos durante la retransmisión de las celebraciones de esta histórica, sí, histórica de verdad, visita del Papa a Santiago de Compostela y a Barcelona, cómo ha cambiado la opinión pública, y la publicada, a la hora de oír, escuchar, entender y explicar lo que dice y hace el Papa. Indudablemente la agenda de los temas del laicismo del gobierno de Zapatero está produciendo sus efectos. La hipersensibilidad con la que se atribuyen al Papa, en titulares, verbos tales como “condena”, “arremeter” y demás familia, es un síntoma elocuente. No podemos negar que la siembra está fructificando. Pero tampoco negaremos que hay otras plantas que brotan con inusitada fuerza. Lo que ha demostrado esta visita es que el pueblo español va muy por delante de sus gobernantes; y que el pueblo cristiano está vivo y es joven.

A no pocos analistas vaticanos les sigue sorprendiendo el contraste que supone la delicadeza y el cuidado de la Familia Real ante las visitas del Papa frente al cicaterismo y la inadecuada forma de saber estar del gobierno socialista. Que el ministro José Blanco no sepa cómo saludar a un Papa es lo de menos. Quizá lo de más sea que el presidente del Gobierno, el señor Rodríguez Zapatero, vaya, casi vergonzantemente, a ver al Papa y nada más que a dar la mano al Papa. También ha sido muy comentado en el vuelo papal el contraste con la disposición, afabilidad y delicadeza del Gobierno de Cataluña, incluidos algunos miembros del tripartito. En esta ocasión, el seny catalán ha funcionado, y es de agradecer.

En España, en los últimos años, hemos bebido dosis ingentes de esclerosis cultural. El Papa considera que España tiene una geografía especial para que se dé un sincero diálogo entre la fe y la laicidad, entre la fe y el rostro negativo de la laicidad, que es el laicismo, o la secularización elevada a categorías políticas. No pocos analistas se preguntan por qué no aceptamos, o no aceptan los epígonos del laicismo, que el Papa sea quien tome la iniciativa de lanzar este reto, un reto al que ya se ha contestado en primera instancia y en forma de exabrupto periodístico. Es la historia la que, según el Papa, y de ahí la referencia a los años 30 del siglo pasado, nos había mostrado los itinerarios de la fe y de la negación de la fe en el orden de la vida pública. Y es esa historia, maestra de la vida, la que afirma que el laicismo, -que como dijo Juan Luís Cebrián en un artículo de los años 80, o es radical o no es-, está desfasado y es lo más antiguo de entre lo nuevo.

Lo que parece no está dispuesto a asumir el laicismo de pose académica, intelectual y periodística, es que la primera palabra de diálogo de la Iglesia con el mundo, y con el laicismo, no sea una palabra de excomunión, de condena del aborto o de sentencia infernal contra el matrimonio homosexual, o de encumbramiento de las formas confesionales legislativas o éticas, sino una palabra sobre Dios, vivo y verdadero, que satisface los deseos y los anhelos del corazón del hombre. Lo que ha puesto nerviosos a los adalides de la una batalla cultural siempre estéril es que la primera palabra, serena, tranquila, reconfortante, del Papa para construir el atrio de los gentiles, como nuevo templo de la humanidad, haya sido una palabra sobre la verdad de Dios y la verdad sobre el hombre, sobre la superación de las dialéctica entre verdad y libertad, entre conciencia humana y conciencia cristiana, sobre las simas entre el progreso tecnológico y material y el progreso moral.

La fe y las formas de propuesta y de expresión de la fe han cambiado con el paso del tiempo, sin lugar a dudas. El laicismo y el secularismo agresivo parece que no han cambiado. Y esto es de lo que se trata.

Habrá más oportunidades para seguir glosando esta visita del Papa a dos lugares emblemáticos de España. Pero no quiero dejar pasar por alto la conversación que, durante unos largos minutos, tuvo Mariano Rajoy con el cardenal Tarcisio Bertone, antes de que fuera recibido el líder popular por el Papa. En esa conversación se jugó el futuro; otras conversaciones del viaje pertenecen al pasado.

José Francisco Serrano Oceja