Martes 06/12/2016. Actualizado 01:00h

·Publicidad·

Tribunas

Otoño romano

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Cae el otoño romano, el tiempo se impone como pulso fugaz de los imperios efímeros. El invierno en la Iglesia, que dijera no se sabe quién, o sí, qué más da, me ha parecido siempre un esnobismo teológico, esclerosis lingüística de un predicado contradictorio. La Iglesia siempre es nacimiento, amanecer, primavera; Cristo, el sol naciente, los padres primeros. Hace calor en Roma. Roma siempre arde en el fuego del amor, las piedras al rojo vivo de los destellos de la luminaria de la fe, de la palabra. Atravesando en silencio la Basílica vaticana se puede oír el grito de la historia: unicuique suum. Non praevalebunt.

Quien dijera que no pasa nada, está equivocado. Claro que pasa. En Roma, cabe los muros del Vaticano, se agranda la sima, aumenta la distancia. La palabra del Papa, tan cercana, se oye a lo lejos. Pedro siempre reconforta; su presencia, su mirada, sus gestos, delicados, suaves, casi imperceptibles, su sonrisa de profundidad incalculable, casi como la nostalgia de la blancura. Pedro se llama Benedicto. Lo que preocupa es el eco de la palabra del Papa, porque quizá haya demasiado ruido. En Roma, en la plaza de San Pedro, se mira de reojo por donde pasa la historia, los hijos de la postestad de las tinieblas en acto. No hay ocupación, hay preocupación por el tiempo, un tiempo de purificación, también es nuestra hora. La gloria del arte irrumpe con su claridad, el magisterio. Pero frente al magisterio, el resquicio de una teología, de un pensamiento, de un lenguaje que se niega a si mismo, performatividades varias. Alguien me habló de los nuevos aires, de los nuevos tiempos. El viento huele a nuevo. Me ha sorprendido que personalidades varias vayan a dedicar su tiempo próximo al lenguaje. ¿Acaso la Iglesia tiene un problema de lenguaje? Así como sea tu lenguaje será tu pensamiento. ¿Quién lo dijo? La trampa del lenguaje nos acerca y nos aleja de la realidad.

El otoño romano se asoma al balcón de la historia. Los amplios ventanales del segundo y del tercer piso sólo permiten contemplar el interior. Transitan intramuros en varias, diversas direcciones; muchas voces, pocos silencios. No son los nervios del Espíritu sino las articulaciones del segundero material de los poderes. Apariencias, ausencias… El problema no está en las interpretaciones sino en los fenómenos. La luna de miel con el Gobierno de España es otra luna encubierta. Por Roma han pasado estos días todos y cada uno. Y de Roma ha venido lo que a Roma fue, porque Roma, el Vaticano, es un puerto de navíos encaramados al vaivén de lo efímero. Declaraciones y contra declaraciones; aparece un premio Nobel de la disolución antropológica y comienza la función. Sic transit… Cae el otoño romano, belleza eterna. “!Tú eres Pedro¡”. Credo.

José Francisco Serrano Oceja