Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Necesitamos un cireneo

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Hay, en estos días en los que se atisba la sombra de la cruz, anticipo de la luz, pregones de Semana Santa para todos los gustos. Unos, teológicos, como el de monseñor Martínez Camino; otros, culturales y gnósticos -los medios dicen heterodoxo- como el de Sevilla, de Barbeito; y otros económicos, como el de Madrid de Juan Velarde, por eso de la economía de la salvación, que es cosa distinta pero no distante.

Tenía que escribir yo del doctorado Honoris Causa del cardenal Cañizares en la Universidad Católica de la ciudad de Santa Teresa, un cardenal para la verdad y para la belleza de la fe, que eso es la liturgia. Un doctorado en el que se palpaba el llanto y crujir de dientes de quienes, en el camino del calvario, gritan “crucifícale, crucifícale”. Pero siempre están los fieles, los Simón de Cirene, los cireneos, quienes prestan sus fuerzas para llevar la cruz, o enjuagan las lágrimas de sangre de verdad en el paño de la historia.

Anduvo don Juan Velarde de solemne predicador con ínfulas retóricas de conocimientos ilustrados, enciclopédicos. Genial, siempre. Y lo hizo en un momento en el que a cada uno de sus días bástale una conferencia, que es como si se dijera que a cada día bástale su afán. Y lo hizo con una especie de Vía crucis de la situación actual de España, que conduce a “este duro Viernes Santo que nos espera y que se hace cada vez más agobiador”.

Primera estación. Dijo: “Porque me encuentro con la triste realidad de que, una vez más, como ha sucedido desde el siglo XIX, en la aparente católica España se ha producido una aguda separación de la Iglesia, de forma militante además, e incluso agresiva, de un conjunto significativo de la opinión pública. ¿Necesito recordar aquí, y sin salir de la Villa y Corte de Madrid, aquella matanza de frailes, que acompañó al Gobierno Martínez de la Rosa en junio de 1834; o en 1931, la quema de conventos e iglesias; o a partir de 1936, una persecución sangrienta que, por supuesto, ha creado la Gloria para innumerables mártires? En estos momentos, vuelven a renacer talantes emparentados, los cuales, con todo el ridículo intelectual que se quiera, y toda la irritación social que forzosamente los acompaña, en estos momentos buscan amparo en los mensajes que vivió Francia hace ahora exactamente un siglo.

Segunda estación: “Ahora mismo, en España, existen cerca de cinco millones de desempleados, que por eso pasan a vivir en medio de agobios incesantes. Multitud de empresarios, más de trescientos mil, grandes y pequeños, se ven impulsados a la ruina, con la secuela del abandono de multitud de proyectos vitales. Las cohortes de familias desconcertadas, constituyen un conjunto realmente sobrecogedor.”

Tercera estación: Para que una población sea estable, se precisa alcanzar el promedio, por mujer en edad fértil, de 2’1 hijos. La propaganda en torno a que es absurdo el sexto mandamiento; la ruptura y, sencillamente, el ataque a la institución matrimonial; la orientación de nuestro Estado de Bienestar, desde hace cuarenta años en sentido ajeno a la ayuda a la familia, hicieron que esa cifra de hijos por mujer descendiese desde los 4’58 del periodo 1871-1875 a los 2’25 del periodo 1946-50, dentro de una ley empírica, que había señalado Condorcet en polémica con Malthus, al señalar que disminuiría el número de hijos para mejorar su cultura, al par que su bienestar, y todo por el lógico deseo de atenderlos mejor y prepararlos del modo más adecuado. Pero, a partir de ahí, continuó el proceso descendente, con el mínimo de 1’23 hijos por mujer en el año 2000, y si se recupera, hasta llegar últimas cifras del Instituto Nacional de Estadística a 1’40 hijos, es porque en los últimos años se ha producido un alud de inmigrantes que impulsan hacia arriba esta cifra. Comunidades Autónomas hay, como Asturias, Castilla y León y Canarias que tienen unos coeficientes, respectivamente, de 1’02, 1’14 y 1’17. Ceuta y Melilla, por el componente de religión musulmana tienen los coeficientes de 2’12 y 2’14.

Necesitamos un cireneo…

José Francisco Serrano Oceja